lunes, 15 de marzo de 2010

San Romero de América


A la memoria de Monseñor Romero,
en el 30 Aniversario de su martirio.


Renán Alcides Orellana
Escritor salvadoreño


Para 1977, una figura que en más de una vez desde niño me había sido familiar, se me volvió presente. Monseñor Oscar Arnulfo Romero había sido nombrado Arzobispo de San Salvador. En medio de una vorágine de violencia radicalizada del gobierno contra el pueblo, su papel, su proyección y su vida misma serían diferentes, en un escenario también diferente al que viviera años atrás como Obispo Auxiliar.
Yo siempre me he sentido muy cerca de Monseñor Romero, diríase durante casi toda mi vida. He recordado su nombre Oscar Arnulfo desde mi niñez, cuando en los albores de mi primaria, en 1942, supe de su viaje y estadía en el Instituto Pio Latinoamericano de Roma donde, según recuerdo, estudiaba Filosofía y Teología junto a mi tío Alberto y otros jóvenes salvadoreños aspirantes al sacerdocio. Eran jóvenes de mi admiración de niño: Oscar Arnulfo Romero, nacido en Ciudad Barrios el 15 de agosto de 1917; y cruzando el Río Torola, Alberto Luna en Villa El Rosario, mi pueblo natal.
Mi familia materna apreciaba mucho al joven Romero, un tanto por ser compañero de estudios de mi tío Alberto y otro tanto y más –según supe después- por su sencillez, humildad y alta calidad humana, verdaderos síntomas de su vocación religiosa. Recuerdo la preocupación de ambas familias, expresada por mi madre, debido a las noticias trágicas sobre la Segunda Guerra Mundial, en los sectores de Italia y el Mar Mediterráneo. Sin embargo, después de superar muchos peligros e inconvenientes, el retorno de los jóvenes sacerdotes a El Salvador fue una realidad. Casi simultáneamente, un día los padrecitos Romero y Luna oficiaron su primera misma, cada quien en su solar natal. Luego, cada uno partiría a su destino tras el servicio pastoral, en la parroquia que les fuera asignada por su diócesis.
El joven sacerdote Romero fue nombrado en Comacarán, su primera parroquia. Posteriormente, en 1947 pude conocerlo en San Miguel, poco después de haber sido trasladado a aquella ciudad. Yo era estudiante de primaria y como él residía en la Iglesia San Francisco, éramos vecinos, pues yo residía calle de por medio en la Pensión Hernández. Durante la misa dominical de las ocho de la mañana en la catedral migueleña, el padre Romero explicaba en detalle cada paso de la misa, mientras el celebrante Monseñor Machado y Escobar, Obispo de la Diócesis, oficiaba de espaldas a la feligresía y, para colmo, en latín. Todo mundo entendía con claridad el significado de la misa, quizás como en ninguna otra iglesia del país. Concluida la misa, a partir de las nueve el P. Romero coordinaba a un grupo de catequistas en su trabajo evangelizador a nosotros, los cipotes escueleros de San Miguel.
Aquella imagen, tan apreciada, había vuelto a mis proximidades afectivas desde otra perspectiva. Ahora, en 1977 regresaba de la diócesis de Santiago de María, Usulután, donde su relación con los potentados del café y de otras actividades financieras, le habían creado una imagen de persona conservadora a ultranza. Pero, sin perder su vocación eminentemente pastoral, pues sus actuaciones, en cualquier terreno, siempre estarían enmarcadas en la justicia a la luz del Evangelio. Mi madre le admiraba por la profunda robustez de su palabra, que enunciaba el Evangelio y denunciaba la injusticia. Y más, cuando, por decisión propia, el nuevo Arzobispo de San Salvador decidió establecer su residencia en la capilla del Hospital Divina Providencia, a pocas cuadras de la casa de mi madre, en la Colonia Toluca. A veces, los domingos mi madre comentaba que le había visto y se habían saludado de lejos; otras, que habían cruzado algunas palabras, casi siempre sobre la salud y bienestar personales y de la familia.
El 11 de marzo de 1977, durante el período presidencial de Arturo Armando Molina, la Guardia Nacional asesinó al padre Rutilio Grande en la zona de Aguilares y El Paisnal, al norte de San Salvador. El padre Rutilio encabezaba un grupo de sacerdotes y laicos, quienes mediante un intenso trabajo pastoral acompañaban a los campesinos en su organización y reclamos de mejores salarios y mejores condiciones de vida. Varias organizaciones campesinas, como la Federación Cristiana de Campesinos Salvadoreños (FECCAS) y la Unión de Trabajadores del Campo (UTC) y numerosas Comunidades Eclesiales de Base (CEB), surgidas y creciendo a nivel de América Latina con el acompañamiento de la Iglesia Católica, mediante un trabajo eficiente y sostenido, creaban nuevos estados de conciencia, especialmente en el ámbito rural, en su lucha por la reivindicación campesina.
La muerte del padre Grande, especial amigo y confesor de Monseñor Romero, hirió hondamente al nuevo Arzobispo, como lo herirían en su oportunidad otros crímenes del ejército salvadoreño contra varios sacerdotes, fieles como él a la verdad y al Evangelio: Cosme Spessoto, de la orden franciscana y preocupado por la dignificación de los pobres; Alirio Napoleón Macías, Octavio Ortiz, Alfonso Navarro, Rafael Palacios, Ernesto Barrera, todos sacerdotes diocesanos, y otros. Entre 1977 y 1980 fui corresponsal de prensa en El Salvador del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), cuya sede está en Tegucigalpa, Honduras. Mi oficina estaba en el octavo piso de la Torre Roble, en Metrocentro. Desde esa altura me era muy fácil distinguir el templo de la parroquia La Resurrección de la Colonia Miramonte. Una tarde de mayo de 1977 me tocó observar a Monseñor Romero presidiendo el sepelio del padre Alfonso Navarro, cuyos restos descansan en el interior de ese templo. No pude, por tan lejos, apreciar el gesto ni la actitud de Monseñor al despedir a uno de sus jóvenes sacerdotes; pero conociéndolo como le conocía, imaginé su queja escondida y su furia divina ante tan abominable asesinato. Igual de doloroso e indignante que los de sus otros hermanos sacerdotes, víctimas de los escuadrones de la muerte, tan en boga en aquella época y después.
Monseñor Romero exigió justicia, sin que fuera oído. El 1 de junio de ese año asumiría la presidencia de la República el general Carlos Humberto Romero, producto de evidente fraude cohonestado por su antecesor, coronel Molina, de quien el general Romero había sido su ministro de Defensa. Dos Romeros distintos: Monseñor Romero y el general Romero, polos opuestos que, a partir de entonces, muchas gentes y la historia misma, a tono con expresiones de religiosidad popular, los han simbolizado respectivamente como “la reencarnación del bien y el mal”.
Como Monseñor Romero no viera ninguna diligencia oficial hacia el esclarecimiento de este y tantos otros crímenes, se negó a participar junto al Ejecutivo en los actos de toma de posesión presidencial del otro Romero, rubricando su negativa con una lapidaria frase.
- Mientras no haya avances y buena disposición del gobierno para investigar el asesinato del padre Grande y demás crímenes, yo no acompañaré al Ejecutivo en este y otros actos-, proclamó con sentido profético el Arzobispo Romero.
Y no lo acompañó. Ese sería el despegue de un conflicto entre el Gobierno y Monseñor Romero, no se diría del Gobierno contra la cabeza de la Iglesia, porque aparte de dos o tres obispos consecuentes con los ideales y la acción pastoral de Monseñor Romero, el resto de la jerarquía no sólo le contrariaba sino que lo adversaba, como muestra franca de connivencia con el gran capital oligárquico y sus excluyente modelo socio económico y de injusticias contra la población más humilde.
A partir de entonces, Monseñor Romero increparía al régimen de turno, por las constantes violaciones a los derechos humanos de muchos salvadoreños y salvadoreñas, víctimas de represión, destierro, secuestro, prisión y asesinato. Reclamaría por la más de media docena de sacerdotes y tantos catequistas rurales y ciudadanos honrados, que habían sido asesinados. Monseñor venía enfrentando estas acciones con palabra fuerte y reclamando justicia, aún a costa de los enormes riesgos que implicaba su denuncia. Era su compromiso cristiano de ser la voz de los sin voz; es decir, vocero de los desposeídos que clamaban justicia ante las arbitrariedades y abusos institucionales.
Para 1980, desatada la guerra interna, la mayor preocupación de los Estados Unidos, en su política hacia El Salvador, estaba relacionada con la constante violación a los derechos humanos, que planteaba expectativas sombrías por la inconformidad popular, dentro de la cual era relevante el papel de denuncia evangélica de los activistas religiosos, que acompañaban al pueblo en sus demandas. En ese marco, el 24 de marzo de 1980 se da el incalificable asesinato del Arzobispo, Monseñor Romero, cuya muerte evidenció luto general e incontables protestas a nivel nacional e internacional, con demandas posteriores por la impunidad del crimen. Un día antes, el 23 de marzo, durante una misa en la Basílica del Sagrado Corazón, en el centro de San Salvador, precisamente cuando la cantidad de asesinados y desaparecidos por el ejército salvadoreño ascendía a millares y parecía incontenible, Monseñor Romero, con su anuncio del Evangelio y su denuncia de las injusticias, con grito profético había clamado desde el púlpito:
- En nombre de Dios, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión…!
Al día siguiente, mientras Monseñor Romero oficiaba una misa en memoria de doña Sara de Pinto, madre del periodista Jorge Pinto, en la capilla del Hospital Divina Providencia, una bala explosiva procedente de un fusil calibre 22, equipado con mira telescópica y disparada por un tirador experto, le ocasionó la muerte. Yo estuve en el sitio del crimen minutos después del disparo mortal, pues mi madre me dio la mala noticia momentos después de ocurrido el hecho y, dada la proximidad de nuestras residencias con la del Arzobispo y su Capilla, me fue fácil llegar casi a tiempo. No a tiempo para verle por última vez, sino minutos después de que su cuerpo, aún con vida, era trasladado a la Policlínica Salvadoreña donde, a pesar de los esfuerzos médicos, falleció. Ahí comenzaría sin duda un eterno cargo de conciencia, si es que la poseen, para los promotores intelectuales y físicos del abominable crimen. Pero también, una enorme conciencia de resurrección hacia todos los rumbos del planeta, partiendo del sitio de su muerte y del dolor intenso de quienes le apreciamos.
El sepelio de Monseñor Romero el 30 de marzo fue otro acontecimiento que enardeció corajes e incendió conciencias, seis días después del asesinato. La indescriptible multitud, mezcla de dolor e indignación, llenaba por completo la Plaza Barrios, frente a la catedral Metropolitana en el centro de San Salvador. Las aceras del Palacio Nacional y de los edificios que rodean la plaza, abarrotadas de gente eran el marco de aquella impresionante concentración. Con varios acompañantes, nos ubicamos en un predio justo frente a la entrada principal de la Catedral, lugar donde se había erigido el altar para la misa fúnebre. Una tensa calma, sin visos hasta entonces de posibles e inquietantes brotes de violencia, gravitaba en la plaza y sus contornos, al inicio de la misa. Un árbol enorme nos regalaba abundante sombra.
Llegó la hora de la homilía. Monseñor Ernesto Corripio Ahumada, obispo mexicano venido exclusivamente al funeral, pronunciaba frases relacionadas con el sacrificio y hacía referencia particular al martirio de Monseñor Romero. De pronto una explosión, o varias. El sobresalto unánime de todos, especialmente los que estábamos más próximos a la entrada de la Catedral. Pareció que en un sitio vecino al Palacio Nacional o al predio universitario, habían estallado lo artefactos explosivos. También se escucharon disparos que, posteriormente, se adjudicaron a Guardias Nacionales apostados en la planta alta del Palacio Nacional. Confusión total, tremenda. Y lo esperado, la gran desbandada sin sentido y sin brújula. La gente trataba de huir atropellándose, todos buscando una salida entre aquel mar humano, cada vez más descontrolado y horrorizado. Los que pudieron ingresaron al templo saltando los muros laterales, otros tuvimos que buscar la calle más apropiada y libre. Frente a la Catedral había cuerpos desvanecidos o heridos por los golpes de quienes intentaban correr y gran cantidad de zapatos y otros objetos personales, tirados sobre el pavimento. En el interior del templo, quienes pudieron acompañaron al Obispo Mártir a la hora de su sepelio.
Puestos a salvo los de mi grupo acompañante y yo, en horas del mediodía regresamos a nuestras casas. Por la tarde, contra todo riesgo, volví al sitio del suceso por curiosidad personal y periodística y, además, porque desde la mañana el estacionamiento contiguo al parque San José había sido bloqueado y mi vehículo obligadamente secuestrado. En ese sector, el saqueo de almacenes pequeños, especialmente de electrodomésticos, era evidente. Televisores u otros enseres eléctricos al hombro, los saqueadores actuaban con libertad e impunidad. Con vestigios todavía del hecho, sobre el escenario frente a la Catedral gravitaba una sensación de reclamo social, de angustia y tristeza. La gente que por alguna razón es de permanencia diaria en la plaza, seguía comentando lo ocurrido, con evidente ira e impotencia. Un suceso más producto del caos y la ingobernabilidad, atribuido al ejército y a grupos paramilitares. La Junta Revolucionaria de Gobierno, con su tendencia represiva, había sido el marco de otro golpe al corazón del pueblo salvadoreño.
Desde antes del asesinato había signos que anticipaban tragedia. Monseñor Romero presentía su muerte. En una entrevista que concedió tres semanas antes del crimen, precisamente durante los días más difíciles de amenaza y represión, como una premonición evangélica Monseñor Romero, como para dejar constancia del inminente peligro que corría, había dicho unas palabras proféticas:
- Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Lo digo sin jactancia, con la mayor humildad...
En una homilía, días después también habría dicho:
- Que mi sangre sea semilla de liberación.
Y en otra:
- Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás...
Como periodista he confirmado que, durante muchos años, militares, gobernantes y oligarcas y algunos poderes eclesiásticos, sus hermanos obispos y cardenales de curias y, lo peor, humilde gente del pueblo cegada por el discurso demagógico, guerrerista y exacerbadamente anticomunista; todos, han querido silenciar y enterrar la presencia de Monseñor Romero. Pero, cada día les resulta más difícil a sus detractores opacar su egregia figura. Mientras algunos de ellos intentan justificar con insultos su contrariedad ante la grandeza del Obispo Mártir; otros, quizás los menos, en aras de la verdad y por honradez, no pueden hacerlo. Uno de sus hermanos obispos detractores fue Monseñor Marco René Revelo, quien fuera Obispo Auxiliar de Santa Ana y uno de los más férreos opositores al proceso evangelizador de Monseñor Romero.
Recién había regresado yo de mi exilio en Panamá, a principios de agosto de 1981, en ocasión del Día del Periodista Salvadoreño, que se celebra el 31 de julio, varios periodistas fuimos invitados por la Conferencia Episcopal de El Salvador (CEDES), a una recepción en el auditorio del Hospital Divina Providencia, donde las monjas Carmelitas nos ofrecieron pollo deshuesado como plato central. Como presidente de la CEDES, Monseñor Marco René Revelo ofreció el agasajo en reconocimiento a los hombres de prensa. Estaba acompañado de Monseñor Gregorio Rosa Chávez, Obispo Auxiliar de San Salvador, fiel y leal seguidor de Monseñor Romero y responsable de la Comunicaciones de la CEDES. A la hora del diálogo, un periodista recordó a Monseñor Revelo su férrea oposición al trabajo pastoral de Monseñor Romero.
- Cierto-, respondió Monseñor Revelo, con evidente humildad. - Le reproché siempre porque usaba el púlpito para hacer política; pero puedo asegurarle a usted, con toda certeza, que no habrá en el país y en este siglo un hombre de oración como Monseñor Romero.
Hubo aplausos: por un lado, de elogio al Arzobispo desaparecido y, por el otro, de reconocimiento espontáneo a Monseñor Romero, de uno los obispos salvadoreños que más le criticaron en vida.
No podía ser de otra manera. Por fuerza de la justicia divina y humana, hombres y mujeres de fe del mundo rinden mayor tributo cada día a la memoria de Monseñor Romero. En muchos sitios públicos se honra su memoria eclesial y profética. En la abadía de Westminster, de Londres, una estatua suya se yergue majestuosa irradiando luz a la feligresía, a pesar de ser, en su mayoría, protestantes. En Edmonton, Canadá, gracias a la guía eficaz de los compatriotas residentes allá, Jesús Alférez y José Alberto González, en junio de 2008 pude visitar la Escuela de Bachillerato “Monseñor Oscar Romero”, en una zona residencial de aquella ciudad. Fue creada en 2004 como proyecto oficial católico, con apoyo de vecinos, las Comunidades Eclesiales de Base y el Centro Monseñor Romero. “Una escuela oficial nominada en franco y reverente homenaje al Arzobispo Mártir”, escribí yo, entre otras cosas, en mis columnas periodísticas, a mi regreso al país.
José Alberto es un expatriado de la guerra, por quien tuve acceso para una entrevista a Mike Carby, exdirector fundador de la Escuela. - La idea de crearla fue generar una actitud diferente en los jóvenes, bajo principios auténticamente cristianos y de verdadera conciencia social hacia las comunidades,- me dijo Carby. - Y se propuso el nombre de Monseñor Romero por su coherencia humana y cristiana. Desde entonces, aparte del significativo nombre, el ideal de Monseñor Romero es nuestra guía-, me recalcó Carby.
Y algo especial, me impresionó leer en el frontispicio de la Escuela, destacada en letras de mármol, aquella frase profética de Monseñor Romero: “We plan the seeds that one day will grow” (“Nosotros plantamos la semilla que un día crecerá”), profética de verdad, pensé entonces y lo repito ahora.
En El Salvador, entre tantas nominaciones de calles, avenidas, parques, edificios y otros sitios públicos, para los capitalinos es especial punto de referencia la estatua de Monseñor Romero, erigida en la plaza de su mismo nombre, frente a la otra plaza dedicada al Salvador del Mundo, en la parte sur de la Colonia Escalón. También, en la pared de fondo del altar mayor de la capilla del Hospital Divina Providencia, de la Colonia Toluca, precisamente donde fue asesinado el Pastor Mártir, con letras en alto relieve, destaca la siguiente frase:
- En este lugar Monseñor Romero ofrendó su vida por su pueblo.
Y así, siguen y seguirán las menciones y homenajes a San Romero de América, mientras la feligresía verdaderamente católica de El Salvador y del mundo, que ya lo ha canonizado popularmente, espera confiada el día de su canonización oficial.
Después del asesinato del Obispo Mártir y durante la siguiente década, la impunidad seguiría en El Salvador. Una perversa Ley de Amnistía, decretada en 1992 y matizada como necesaria en un intento reconciliador entre los salvadoreños, además de oscuras maniobras judiciales, ha mantenido en la impunidad el abominable crimen de Monseñor Romero y de tantos salvadoreños y salvadoreñas, entre religiosos y seglares, a pesar de las demandas de justicia, a nivel nacional e internacional. Testimonios de comisiones especiales y de organismos de derechos humanos han señalado al fallecido mayor Roberto D’Aubuisson, fundador del derechista partido ARENA, como el responsable intelectual, y al capitán Álvaro Saravia uno de los coordinadores materiales del atentado.
Con únicamente la negativa del partido ARENA y sus seguidores, los testimonios generalizados confirmaron las acusaciones, que todavía no logran el esclarecimiento del crimen contra Monseñor, como no lo logran para el resto de salvadoreños víctimas del ejército, antes, durante y después de la guerra. Yo cuantas veces he podido, he reafirmado mi respeto y admiración al Obispo Mártir, de quien siempre he llevado los mejores recuerdos; primero, por la relación de amistad suya con mis familiares, como puente fraterno entre Ciudad Barrios y Villa El Rosario; y segundo, por esa vida suya tan llena de fe y de entrega a los más humildes por quienes, tal como ocurrió, fue capaz de ofrendar sus sentimientos y hasta su vida.
Sin embargo, tal como escribiera yo mismo en su oportunidad, la culminación de mi caminar de siempre un poco cerca de Monseñor Romero, se dio con la declaración jurada de mi conocimiento sobre su vida cuando, el 31 de mayo de 1994, testifiqué ampliamente sobre su vida ante el Tribunal que instruye “la causa de canonización del Siervo de Dios, Monseñor Oscar Arnulfo Romero”, en la oficina respectiva del Arzobispado de San Salvador. Durante una larga jornada de más de cuatro horas, mi condición de testigo reprodujo, al igual que lo hicieran los otros cerca de 40 testigos, toda mi vivencia y conocimiento sobre el pastor durante mi vida personal y profesional, hasta el fatídico instante aquel en que la bala asesina le quitara la vida.
Muchos somos los que aguardamos pacientemente esa canonización a nivel mundial, muchos que hacemos eco de la nominación San Romero de América que hiciera anticipadamente a su canonización a Monseñor Romero, el Obispo poeta brasileño don Pedro Casaldáliga. Premonición y presentimiento positivos sobre la canonización, la cual -según denuncia conocida- podría retardarse más de lo necesario, en virtud de intereses políticos en el Vaticano, conjugados con intereses oligárquicos de El Salvador. Pero, como Dios tarda pero no olvida, seguirá viva la esperanza. (RAO).

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(Del libro LO QUE PASA CUANDO ELTIEMPO PASA, 2009)

miércoles, 3 de febrero de 2010

TLUEES Reinicia en Febrero


El taller de letras de la Universidad Evangelica se complace en invitarlo a formar parte del taller,
dando inicio este 17 de febrero del 2010.
Te esperamos.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Pecado y Sueño InVerso en la UTEC


Por Mauricio Vallejo Márquez
En los últimos años me ha asombrado la evolución de los jóvenes escritores miembros del Taller de Letras de la Universidad Evangélica de El Salvador (TLUEES) y precisamente de tres de sus integrantes: Wilfredo Arriola, Nestor Moreno y Rafael Magarín. Cada uno de ellos poseen talento, pero además de ello también tienen la disciplina para enfrentar todos los arduos caminos de la técnica y la corrección.
Wilfredo y Nestor se animaron a entrar de lleno en el oficio de escritores y cada uno ha publicado un poemario en Ediciones La Fragua, el nombre de la colección es Vanguardia. Nestor Moreno presenta su libro: Pecado y Wilfredo Arriola su poemario Sueño InVerso.
Los poemarios serán presentados el 27 de noviembre en la Universidad Tecnológica de El Salvador (UTEC) en el Centro de San Salvador sobre la calle Arce, en el edificio Simón Bolivar a partir de las 7:00 p.m. y el encargado de comentar la obra de ambos autores seré yo.
Los espero para que puedan disfrutar los versos de estos nuevos valores de la literatura, así como la participación musical del cantautor de Carlos Rubio Calles.
El día de la actividad habrá una mesa con los ejemplares a presentarse y otros títulos de Ediciones La Fragua. ¡Los esperamos!

miércoles, 28 de octubre de 2009

Colecciones en LLAMAS

EL MUSEO DE LA PALABRA Y LA IMAGEN (MUPI) Y LA FRAGUA
tienen el honor de invitarlo a:
COLECCIONES EN LLAMAS
EN HOMENAJE A FELIX ULLOA

Día: Jueves 29 de octubre de 2009

Hora: 5:00 p.m.

Lugar: MUSEO DE LA PALABRA Y LA IMAGEN
27 Avenida Norte, ·1140, Urb. La Esperanza, San Salvador

2275-4870

¡Habrán muchas sorpresas!

lunes, 24 de agosto de 2009

Entrevista con Otoniel Guevara 005

Otoniel Guevara: “La mujer es una fuente inagotable de conocimientos, es decir, de belleza”
por Lya Ayala
GLF
Otoniel Guevara nació en La Libertad, El Salvador, en 1967. Estudió periodismo. Representante de la corriente de la literatura de guerra y posguerra en el país, donde el poeta Roque Dalton ejerció influencia definitiva. Guevara ha publicado Tanto, El Sudario del Fugitivo, Despiadada Ciudad, Cuaderno Deshojado, Lo que Ando y Canción Enferma.

Canción enferma
poesía de Otoniel Guevara
"Mi llanto fue fugaz:
solo duró una infancia"

Angola y el lente de Hugo Santamaría
por Hugo Santamaría
Fotógrafo salvadoreño

Ramón Ordaz y el mar de su sed
por André Cruchaga
Poeta y ensayista salvadoreño

Ramón Ordaz (El Tigre, Estado Anzoátegui, 1948). Poeta, narrador, ensayista y editor; recibió el Premio CONAC de Poesía Francisco Lazo Martí en 1991; el Primer Premio en la Bienal de Poesía Teófilo Tortolero, en 1996; y la mención Publicación en la IV Bienal Mariano Picón Salas con la obra El pícaro en la literatura Iberoamericana.

El aliento, cortometraje de Pablo Gallo
por Pablo Gallo
Dibujante español

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Feria Centroamericana del libro FILCEN
Miércoles 2 Sept. de 2009
5:15 a 6:15 p.m.
Conferencia sobre Claudia Lars
Expone: Josefina de Márquez
Organizador: Universidad Evangélica de El Salvador
Cultural
Sala David Escobar Galindo

Viernes 4 Sept. de 2009
9:00 a 10:30 a.m.
Conferencia: Poetas desaparecidos en la guerra de El Salvador
Expone: Mauricio Vallejo Márquez
0rganizador: Universidad Evangélica de El Salvador
Cultural
Sala David Escobar Galindo
Sábado 5 Sept. de 2009
11:00 a.m. a 12:00 m.
Lectura de Poesía TLUEES
Organizador: Grupo Literario Universidad Evangélica de El Salvador
Cultural
Sala David Escobar Galindo

Otoniel Guevara: “La mujer es una fuente inagotable de conocimientos, es decir, de belleza”

Por Lya Ayala
GLF

Otoniel Guevara nació en La Libertad, El Salvador, en 1967. Estudió periodismo. Representante de la corriente de la literatura de guerra y posguerra en el país, donde el poeta Roque Dalton ejerció influencia definitiva. Guevara ha publicado Tanto, El Sudario del Fugitivo, Despiadada Ciudad, Cuaderno Deshojado, Lo que Ando y Canción Enferma.
A pesar de las acechanzas del tiempo, un ambiente hostil y las precarias condiciones para publicar y desarrollarse como poeta, Otoniel ha sabido mirar las contradicciones con amabilidad. Viajero constante por el mundo, sin más pasaje que su poesía, es actualmente un referente obligado de la poesía salvadoreña.
Su último poemario Canción Enferma refleja una intensa mirada a su expresión poética profunda y reveladora.


¿Es tu último poemario Canción Enferma muestra de la madurez del poeta?
Por lo menos se acerca a la maduración del hombre, aunque estos términos son demasiado relativos como para andarse promulgando. La maduración del poeta nombrado Otoniel Guevara es algo por lo que, definitivamente, no se me debe preguntar a mí.


Cuéntanos sobre el contenido del poemario.
El libro está conformado por cuatro capítulos, para llamarlos de alguna manera. El primero se titula “Álbum” y es una historia de amor donde se cruza mi historia con la de la amante que nació años después de mí. La segunda parte se titula 47 historias de amor, que no son exactamente 47 pero sí son de amor; pero no solo el amor “romántico”, sino diversas expresiones de amor, por primera vez incluyo algunos poemas un tanto cínicos. La tercera parte se titula “Desacuerdos”, dedicada a tres rebeldes de nuestro tiempo: un pastor, una poeta y un burgués. En él hay textos muy críticos para nuestras cómodas posiciones ante el boom del crimen. Finalmente, la última sección es la que da titulo al libro “Canción enferma”. Estos poemas son muy dolorosos, bueno, casi todo el libro, pero en ellos hay heridas íntimas y nacionales mucho más profundas.
Algo muy importante son los poetas y personalidades reunidos virtualmente gracias a las citas y dedicatorias, me parece una comunidad de nombres necesarios para este momento de nuestra historia latinoamericana. Me gusta ese montón de gente en medio de mis palabras.




¿Se aleja o se acerca a los anteriores libros?
Es la continuación lógica de No apto para turistas y realmente marca un cambio de actitud, puesto que hay atisbos de humor, cinismo, visceralidad y simplismo que antes no eran muy frecuentes


Se encuentra fuerza y reflexión en los poemas de Canción Enferma ¿es un libro íntimo?
Sí, es absolutamente íntimo, lo que pasa es que a mí me gustaría exclamar con Claudia Lars “Cuando yo digo yo, digo todo conmigo”


Tu gran tema siempre ha sido el amor ¿qué es el amor para ti?
Entrega, conocimiento, y otra vez entrega. Es el verdadero origen de la belleza.


¿Es la mujer un motivo poético en tu poesía? ¿en ella encuentras la representación de la belleza o del objetivo poético?
La mujer es una fuente inagotable de conocimientos, es decir, de belleza. Pero hay otra fuente que me hace descubrir muchas cosas: la injusticia. El mundo, que es básicamente injusto, es un grito en cada piedra que me mueve a pactar con el universo el destape de esos pronunciamientos que suelen ser los poemas de este libro, por ejemplo.


Pero la mujer es un tema ligado a tu poesía por los cuatro costados. ¿También es una representación de la injusticia?
Por supuesto que una relación de pareja con una mujer tiene todo para ser injusta, lo que sucede es que uno debe aprender a disfrutar de esos momentos de esplendor que te da este tipo de relaciones, y luego lamentarte por haberlas perdido escribiendo poemas de amor, que realmente son de nostalgia.
Sí, siempre hay mujeres en mis escritos, pero es porque son inevitables, además yo sigo el consejo de Italo cuando dice que no hay que huir ni de la mujer ni de la poesía, difíciles pero reconfortantes.


Te consideras un escritor que habla de política en su poesía.
No, nunca me he considerado un escritor, yo soy poeta, y no hablo de política en mis escritos, sino que los lectores pueden sentir una identificación civil con lo que digo, que lo digo porque lo vivo como ciudadano desde mi presencia en los problemas sociales, económicos e históricos del país, y precisamente mi manera de enfocarlos es lo más antipolítico que pueda, pues es en el combate a esa mala manera de hacer política que existen muchos de estos textos.


Tuviste la oportunidad de ser parte de la guerra civil salvadoreña, ¿por qué decides participar?
Por vergüenza. Porque tomo conciencia del país horrendo, injusto, criminal en el que vivía y no soporte la indignación y la rabia. Y corría la suerte de que la impotencia no era moneda de curso en esos días, busqué la manera de integrarme a los disconformes que hasta un ejército armado tenían, y ahí me ves, fusil en ristre, buscando con la lamparita de Diógenes no un hombre, sino una tierra fértil donde se pudiera ser hombre.


¿Qué hace, entonces, un poeta en la guerra?
Horrorizarse. Y, lamentablemente, humanizarse de la forma más macabra que se conoce. Gracias a mi participación directa y profunda en la guerra puedo decir con propiedad que ese no es el camino. Soy pacifista, como muchos, gracias a la guerra. Lo peor que le puede pasar a un poeta en la guerra es no poder salir de ella.


La muerte también es un tema recurrente en tu poesía ¿es de alguna manera la evocación de muerte que observaste en la guerra?
No solo en la guerra, porque la muerte es fin irremediable de algo, de alguien. Con la muerte mueren los cuerpos, lo transitorio que hay en nosotros. Y la muerte se ha ensañado con nuestro pueblo en el último siglo. Asistimos a la muerte de nuestra identidad, de nuestra idiosincrasia, de nuestra naturaleza humana. Esas degradaciones se observan a diario en todas partes, y eso afecta. El sistema neoliberal bancario nos hundió en la miseria del espíritu, corrompió nuestros hábitos más nobles y monetizó nuestra cotidianidad. Al rescate de esa esencia humana es que trato de unirme desde mi palabra.


¿Crees en Dios?
Claro, solo que de manera clandestina, para evitar el cobro de diezmos. Sin Dios no existiría la poesía, que es el aliento de Dios, su primer violín.


A qué crees que se debe la vigencia de tu poesía.
A que gente sensible como vos me haga, por ejemplo esta pregunta, porque de algún lado sacás que mi poesía es vigente. ¿Vos por qué crees que sea vigente?

Será porque la poesía verdadera siempre es actual.

Consideras que tu poesía atrae a la gente por eso, porque tiene la esencia de quien la escribe no falsea la verdad poética.
No me parece ocioso tocar este tema. La poesía es verdad absoluta, porque está hecha de la verdad personal del poeta, que es su descubrimiento íntimo, que es su hallazgo profundo, su lucidez particular. La poesía debe estar alimentada por esta característica. Entonces cuando vos hablás de “falsear” la verdad poética, te referís justamente a que eso no será nunca poesía, y el buen lector de poesía lo sabrá de inmediato. El poema se construye con el lenguaje y la vida, el poeta moldea el lenguaje de tal forma de hacerse de un estilo y le suma su visión particular del mundo, que debe ser honesta, brutalmente honesta de preferencia. Cuando un poeta no tiene nada que decir, por muy excelso que sea su estilo, el mundo sabrá agradecer su silencio.


Eres considerado el referente de la poesía joven salvadoreña a pesar que aparecen otros escritores.
Es que tengo muchos amigos por todas partes. Por ejemplo, Claudia Hernández, a quien yo considero desde hace muchos años como una de las más altas escritoras latinoamericanas contemporáneas, siempre anda evadiendo la exposición a todo tipo de publicidad y es una persona de muy pocos amigos, lo cual suena mal pero no es así.
Es el caso de Lya Ayala, fina poeta que hace su obra a la sombra y no tiene ni un libro publicado. O por ejemplo David Morales, quien es más conocido como defensor de los derechos humanos, cuando es un poeta realmente golpeador. Y quien sabe cuántos más.


¿Se debe a que estas a la vista, en un escaparate? Sin embargo, tu poesía trata dos grandes temas: el amor y el desamor, y estos temas le atraen al lector. Crees que esto es una posibilidad de por qué tu poesía gusta tanto o quizá sea el lenguaje, el estilo, la intensidad de la voz poética, el ritmo... o todo ello junto.
No, creo que los temas son importantes, pero también el enfoque de los mismos, y en esto creo que reside un hallazgo. Cuando yo hablo de amor no vas a encontrar los enfoques más trillados, mas bien hablo del amor como un laboratorio donde podemos efectuar múltiples experimentos de relacionarnos. Lo mismo con el desamor, trato de que no sea un lamento, sino una ocasión para amar más la vida y sus sorpresas. Y lo más importante es que lo realizo con un lenguaje accesible, con un ritmo popular y cierta música atractiva.


Actualmente eres coordinador del único Suplemento Cultural del país ¿cómo es esa labor?
Apasionante. Todo el trabajo que cuesta hacer cada número, el sacrifico que se hace para producirlo, no es relevante respecto a la alegría de tener esta ventana abierta para la creación y la opinión de nuestros creadores. Está claro que el aporte del 3000 ya se puede ver pobre respecto a la masa de movimiento artístico y cultural que se mueve en El Salvador, pero es lo único que hay por hoy, y habrá que potenciarlo y apostarle más.


Qué piensas debe el Estado, las empresas periodísticas u otros grupos apostarle más, porque parece de cuento que no existan revistas o suplementos culturales en el país. ¿Cómo ves el panorama?
Respecto al Estado, levemente esperanzador. Creo que ellos van a escuchar a quienes lleguen con propuestas concretas, propuestas editoriales; revistas, suplementos, periódicos culturales, programas radiales, etc. Respecto a la empresa privada no hay que esperar nada, lo que hay que hacer es crear nuestras propias empresas que no nos priven de la alegría de expandir el arte por todo el territorio nacional.


Te dedicas por entero a la poesía y las actividades culturales, viajas, coordinas un suplemento y un encuentro internacional de poetas, promocionas tus libros ¿eres disciplinado?
Era. Ahora ya me siento un poco cansado, sin embargo lucho por hacer bien cada una de las cosas que emprendo, y quisiera que los jóvenes sepan que no me gusta ser egoísta y que pueden sumarse a todos los espacios en donde me muevo. Ahora también llevaré un programa cultural en la Radio El Salvador, 96.9 FM, todos los jueves de 8 de la noche en adelante. Se llama “Semáforo en azul”


Cuál es el poeta que más te ha influenciado y cuál es el libro que siempre llevas contigo.
Roque Dalton. Libros llevo muchos siempre, de todo tipo. Narrativa para leer en el bus, poesía para leer en las colas, ensayos para leer en el baño, más poesía para leer a los amigos, novelas que no voy a leer para sentir que no estoy solo, sin libros.


Consideras que has logrado tus metas.
Empiezo a proponerme metas. No las tengo definidas todavía, mis intereses culturales no conocen límites. Eso me altera siempre mis planes inmediatos. Mi meta final es morir en paz, con todas mis metas pendientes para la próxima.


Sería complicado volver a otro Otoniel Guevara en una nueva vida. Su poesía es única, ¿no?
Es lo que busco siempre, ser único, que significa ser yo. Porque Otonieles Guevaras hay varios en el mundo, incluyendo un famoso criminal sudamericano. Yo quiero ser el dueño auténtico del crimen de ser yo mismo. Y en la medida que lo sea, mi poesía será también particular.


Recomienda cinco libros para que lean los jóvenes.
Los miserables, de Víctor Hugo
Luz Negra, de Álvaro Menen Desleal
Pedro Páramo, de Juan Rulfo
Cuentos de Cipotes, de Salarrué
Los cuentos completos de Oscar Wilde

Además, pondría a un ladito:
La poesía completa de César Vallejo
La poesía completa de Roque Dalton
La obra completa de José Martí
Los escritos de Michael Ende.

Canción enferma

poesía de Otoniel Guevara


Crónicas de la ausencia

Mi llanto fue fugaz:
solo duró una infancia

Mientras vos acudías al mundo
en el nervioso fulgor de una mirada
yo declaraba mi soledad entre las piedras
donde la Abuela tendía al sol las ropas inventadas por sus manos

Mientras vos te mecías
en el tibio hospital de una palabra
yo hurgaba besos en medio de las plantas

Yo aún no conocía las púas venenosas del naufragio

Pero tuvo que suceder
y mis lágrimas brotaron del ojo de mi perro
mis lágrimas regaron impetuosos cañales
mis lágrimas decidían ser mi sombra…

Mi llanto es una ropa que no uso

(Tu amor el aire
que en mi pecho faltaba)



Página imborrable

Tu cuerpo es una página
solamente una página
pero mis dedos te rozan
y el aire se estremece

De esa manera se me hacen las palabras

Pero no las escribo
no las digo
solamente las oigo en mi mirada

Yo no sabré jamás qué es un poema

Tal vez indague los secretos de un ángel
o la razón de la insistencia del invierno
quizás descubra a qué huele el olvido
o de cuántos violines se compone la muerte

Pero el poema es algo impenetrable

Yo suelo agonizar después de cada beso
soy un barco que se hunde en sí mismo
nadie me ocupa para cubrirse de los aguaceros

Voy por el mundo con unos pocos versos
y una radiante página:
Tu cuerpo




Jardín erótico

Observo con dulzura a las anonas
y ellas se rajan
profundamente rosadas

Me conmueve esa manera
de malinterpretar una mirada

Para las muchachas de mi país,
Que saben ser tan especiales



Infiela

Me di cuanta que era la mujer de mi amigo
demasiado tarde

Hacía el amor con terror al embarazo
es decir con terror
es decir

Supe que no amaba a mi amigo
cuando me comentó que el nunca hizo esas cosas
entre otras cosas

Me colocó es una disyuntiva muy difícil
así que opté por olvidarme de ambos
y no asistir a ese aburrido casamiento


Modernidad

No está de moda hacer poemas de amor
ni cantar canciones de amor

El amor no está de moda

Hacer el amor
incluso
ha pasado de moda

El amor no es una moda
ni siquiera un modo

Ser nada está de moda

La muerte está de moda

El miedo
la guerra
el dolor

La modas pasan

El amor es el aire



Proyecto de renuncia

Como ya no pretendo enamorarme
mas que de las palabras de mi boca
me olvido para siempre de miradas felinas
de cinturas perfectas
y de enigmas

Voy a escribir del cielo y de los ángeles
de la crueldad del mar
y del olvido

Voy a sentarme a ver como atropellan
los buses al silencio y a los niños
y luego escribiré
y por ello no ganaré ni una caricia

Mas bien es muy posible que una tarde
un par de enamorados me declaren cretino


Patio barroco

En el patio de la casa
Los escuálidos reptiles se alimentan de sol

Ciertos pájaros diminutos espolvorean sus plumas
en la arenilla intacta

Tengo que ir a San Salvador
pero no tengo dinero para los pasajes

Mejor regreso al patio
a tomar un poco de sombra
y a cantar sin ton ni son


Veteranos

Ellos regresan de la guerra
el largo y tortuoso camino
pero
¿es cierto que regresan?

En sus rostros ya no existen banderas

La muerte les ha vaciado los ojos
la muerte les royó el corazón
la muerte les ciñó su más horripilante canción de cuna

Ellos regresan
condecorados por la muerte

Ya son la muerte

Para Jorge Renderos,
que salió de la guerra condecorado por la Vida.



Tener fe

Nunca he rezado,
preferí siempre precipitar mi mazo contra el mundo.

No he comulgado,
mi Paz deviene de otra masa violenta.

Jamás me he confesado,
mis poemas no ostentan ese nombre.

Soy un hombre sencillo
que, con un poco de ternura, cree en Dios.

Porque Dios existe.

Claro que sí.

Mi existencia es la prueba irrefutable.

Para Crosby Lemus, más allá de la fe.



Selección: Lya Ayala

Más material de Otoniel Guevara en:
http://www.artepoetica.net/Otoniel_Guevara.html