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sábado, 11 de febrero de 2012

Los lunáticos de la posguerra


por Tracy Herrera

La guerra en El Salvador terminó. Y con ella, se creería que todo esfuerzo intelectual murió también.

El 26 de enero se realizó el primer encuentro generacional de los poetas de la posguerra, la generación de los 90, en la Luna Casa y Arte. Esta reunión ha demostrado en El Salvador existen muchos escritores, poetas e intelectuales que, contra viento y marea, siguen produciendo sus creaciones a pesar de que la guerra silencio a las generaciones que siguieron a la Generación Comprometida..

La reunión, empezó tarde y es que, al ver personas después de 10 años o más produce nostalgia y esto, sumado a la alegría del reencuentro y a las muchas “cosas que se deben decir” de sus respectivas carreras, vidas o producciones, hizo del encuentro un momento memorable para muchos.

Según palabras emotivas, la Luna Casa y Arte les abría las puertas a muchos de ellos en la década de 1990 para compartir con el público su poesía (o inclusive para escribirla). La cita era el último miércoles de cada mes, por lo que, muchos de los poetas recuerdan este espacio como la cuna de sus esfuerzos literarios.

Luego de una hora de conversaciones, comentarios y abrazos, se dio inicio oficialmente con la reunión, presidida por Carlos Clará, Alfonso Fajardo y Mauricio Vallejo Márquez, que organizaron las lecturas en grupos de seis o más, donde cada uno leía 3 ó 4 poemas, algunos directamente de la antología, otros de archivos personales, algunos inéditos y otros en proceso.

Los autores interpelaban con su presencia, con gestos, con tono de voz, pero a pesar de sus diferencias de carácter y personalidad, a todos les unía dos perspectivas: Una infancia marcada por la guerra civil salvadoreña y un esfuerzo por escribir y publicar después de los acuerdos de Paz. Estos adultos, cuando niños, vivieron y crecieron con los sucesos de la guerra, lo cual devino en ese espíritu luchador que caracteriza a la generación, a esa pelea por que se les lea (pese a que el programa educativo ha ignorado por completo a estos poetas), a mirar de cerca la realidad social de nuestro país y a la denuncia de frente o más solapada de esa realidad a la que no están de acuerdo.

En los 1990, cuando el país entraba en una “nueva era” después de la guerra civil, varios de ellos, al no encontrar mejores formas de publicar y de dar a conocer su trabajo crearon talleres donde muchos de ellos si bien no se desarrollaron (esto exige un esfuerzo de años y constante de manera diaria), lanzaron la primera piedra para lo que serían estos nuevos escritores que emergían de la guerra..

Asimismo, junto con la lectura en la Luna Casa y Arte, también se realizó una presentación del libro “Lunáticos. Poetas noventeros de la posguerra”, donde cada uno de los invitados recibió un ejemplar gratuito de la obra.

La selección de los poemas de la antología estuvo a cargo de uno de los poetas, Alfonso Fajardo, la corrección de estilo de Mauricio Vallejo Márquez y el diseño y la diagramación por Carlos Clará. Lo especial e importante de esta antología es que es la primera que reúne a los escritores que publicaban en esos años, y sus ejemplares son limitados.

Entre los que se encuentran en la antología podemos mencionar a: Alex Canizalez, Pedro Valle, Susana Reyes, Noé Lima, Lya Ayala, Jorgé Galán, Jennifer Valiente, William Alfaro, Carlos Clará, Rainier Alfaro Bautista, Élmer Menjívar, Carmen Molina Tamacas, Alfonso Fajardo, Eleazar Rivera, Erick Chávez Salguero, Luis Angulo Violantes, Paola Lorenzana, Mariela Benítez, Danilo Villalta, Mauricio Vallejo Márquez, Rafael Mendoza López, Roxana Méndez, Claudia Meyer, Pablo Benítez y Mayté Gómez, todos con tres poemas.


El legado de la generación

Si bien ya no se reúnen como antes, sus vidas no han tomado giros tan dispares como uno podría pensar.

Muchos de ellos, aparte de publicar por su cuenta y tener talleres para los futuros escritores, están íntimamente involucrados con la realidad nacional, si bien no en uno sino, en varios campos. Varios de ellos son editores, o periodistas, ejerciendo su oficio en los periódicos que leemos a diario, otros de ellos son abogados o educadores con una perspectiva sobre su influencia en el ámbito nacional o en las mentes de las nuevas generaciones, varios de ellos, buscando perlas en el mar, velando atentamente por talento nuevo aún no descubierto. Otros (la mayoría) han ganado premios a niveles desde el nacional hasta el internacional y publicado en diversas revistas, antologías, libros, diarios y suplementos.

Después de esta emotiva reunión, la generación de 1990 no desea parar y es que, además de este primer paso planean más antologías, conversatorios, lecturas y más. Ya es hora de que El Salvador conozca el arte y los poetas de esta generación no escuchada.

lunes, 6 de julio de 2009

El trabajo digno de ser bibliotecario

Kerin Díaz

poeta y bibliotecario

Homenaje a los guardianes de las bibliotecas
Hace algunos años atrás se tenía el concepto del bibliotecario como una persona absorta o alejada del mundo, una señora o un señor con grandes anteojos, además de extremadamente aburrido, estricto, rígido, que daba órdenes y exigía gran disciplina dentro de una biblioteca; hay todavía algunas personas que tienen dicha creencia. Es claro que este estereotipo del bibliotecario era fuertemente alimentado por el mundo de la televisión en películas y teleseries animadas. A modo personal, esta visión medieval del bibliotecario ha cambiado mucho, tanto así que se puede tener un nuevo concepto del bibliotecario en una realidad que constantemente exige cambios.


¿Cómo no recordar al gran Jorge de Burgos, el anciano bibliotecario, y además ciego, que osadamente guarda y vigila los libros ‘prohibidos’ de la abadía en “El nombre de la Rosa” de Umberto Eco (en clara alusión al venerable escritor Jorge Luis Borges)? Este era el tipo de bibliotecario, sobretodo en la antigüedad y en la época medieval, un depositario del saber y del conocimiento que custodiaba la información en formato de papiros, códices, pergaminos, papel; todo un guardián de la biblioteca.


En realidad, el bibliotecario es una persona instruida que sabe de libros, los organiza, los administra y orienta a los lectores facilitando materiales bibliográficos, entre otros. Por lo menos, este es el deber ser de todo bibliotecario, alguien que resguarda el conocimiento pero que se instruye para saber guardarlo y facilitarlo de la mejor manera.
Uno de los objetivos principales de todo bibliotecario es servir al lector o usuario; esta debe ser la pasión y espíritu de trabajo.



El bibliotecario de hoy en día es muy distinto de la caricatura que antaño lo representaba como una rata de biblioteca; el bibliotecario es una persona muy sociable que está actualizándose constantemente, tanto en el manejo de los ficheros, catálogos, bases de datos, inventarios, colocando los libros en los anaqueles, especializándose en programas informáticos como en prestar cada vez mas un mejor servicio, oportuno y preciso, a los que acuden a la biblioteca.
Sin embargo, el ejercicio profesional del bibliotecario no se tiene que limitar, o no se debe limitar, a un centro escolar, a una institución de educación superior o a una biblioteca especializada; el quehacer del bibliotecario y una de sus principales tareas es la contribución a la docencia, la investigación y la proyección social. Para ello se necesita que el bibliotecario esté bien informado de lo que acontece en la realidad nacional y global, en el ámbito científico, político, económico, social y cultural. Solo así podrá prestar un buen servicio con objetividad y eficiencia. El saber por el saber no tiene razón de ser si éste (dicho saber) no se colectiviza, no se comparte o no se transmite a los demás. Y resulta ser éste el compromiso ético y moral de todo bibliotecario.


La primavera de mayo trae tantas cosas bonitas y entre ellas florece el merecido homenaje a los guardianes de Sofía, del Alma Máter; me refiero al bibliotecario.


* Bibliotecario Universidad Luterana Salvadoreña y miembro de Fundación Metáfora.


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miércoles, 24 de junio de 2009

La gruta del tiempo

Mauricio Vallejo Márquez
GLF





Poner mi pie en la gruta del Espíritu Santo en Corinto, Morazán, me permitió soñar, un pequeño instante, que el tiempo no transcurre y se queda inerte.

Aunque pocos conozcan dicha gruta, es un lugar importante para los arqueólogos, en sí el lugar es un verdadero tesoro que se encuentra oculto entre la vegetación y la campiña salvadoreña, sin embargo, podemos visitarlos todos los días a excepción del lunes. Todo lo que debemos hacer es dirigirnos a Morazán y luego en la ruta militar llegar a Corinto. El viaje de ida es una verdadera aventura, con el digno trofeo de admirar esos rupestres dibujos que nuestros antepasados indígenas lencas nos dejaron como testimonio de que existieron, de que estuvieron aquí y su huella sigue vigente.

Las instalaciones son cuidadas por un personal del Consejo para la Cultura y el arte (CONCULTURA), quienes además de vigilar el lugar conocen buena parte de la historia de los dibujos rupestres.

Entre amates, naranjos, manzanos y rosas se aprecia la inmensa cueva que parece abrir su boca para contarnos una historia, como si fuera la misma tierra la que hablara por medio de esas figuras que necesitan un mayor cuidado, porque algunos pícaros e incluso los turistas irrespetuosos se han encargado de desprender varios fragmentos de esos dibujos de color rojo, café y negro.

En su interior se observan varias imágenes de seres humanos con coronas de plumas en diferentes posturas, semejantes a los indígenas lencas que habitaron en el área oriental. Algunos muestran batallas, lapidaciones y otros son reflejo de las costumbres de los habitantes de la zona: un hombre parado sobre los hombros de una mujer, simbolizando el dominio masculino de la época. Todos los dibujos fueron pintados con color rojo, lo que da la impresión de ser sangre combinada con barro o tinta de cochinilla, insecto que es utilizado para extraer tinta roja como parte de una tradición de tintorería americana junto al añil.

La cueva es un gigante que ha quedado bostezando por la eternidad. La gruta es sólo parte de una loma, desde ahí se daría gusto apreciando el paisaje la gente y seguramente para un artistas sería un centro de inspiración, aunque para un fotógrafo o un pintor sería, además de eso, parte de su esencia

En las alturas, sobresale una punta de tierra de talpetate que simula el pico de un águila que aguarda; espera calladamente el momento de volver a batir sus alas, o simplemente el momento en que nuestra callada herencia lenca y pipil resurjan de las sombras.







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Quisiera hablar del Manual para aprender Náhuatl, de Marcelino Hernández Beatriz*

Número 55 /Razón y palabra

El Manual para aprender Náhuatl1 del maestro Marcelino Hernández Beatriz no es un manual más para aprender un idioma, es un compendio del saber de los tiempos, es la piedra filosofal de la historia de nuestros pueblos, de nuestra raza, de nuestra verdad.

Conocí a Marcelino en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Y reconocí de inmediato su interés por la Semántica, materia que impartí a lo largo de 13 años. Las aulas de nuestra máxima Casa de estudios se ven engalanadas, aunque no de manera frecuente, con personas que son verdaderos amantes del estudio, no como mero trayecto hacia la obtención de un título sino como fin y objeto de encuentro, de discusión, de trascendencia. Marcelino Hernández Beatriz ha sido una de esas personas de quien al humilde catedrático le queda el placer y el deleite de haber compartido las horas de un curso.Marcelino propone, en su Manual, conocer la lengua náhuatl desde su morfología y no desde un punto de vista aislado como palabras con sentido literal sin considerar el contorno del medio natural y social. Y es que Marcelino es hablante nativo del melodioso idioma que heredamos de nuestros antepasados. Y es que, además, es amante del conocimiento y del encuentro de la palabra con la idea, con el concepto, con la imagen, con el símbolo y con la realidad que le ha tocado –y ha elegido vivir- día con día en sus talleres de creación literaria, en sus actividades hacia la trascendencia de la añeja cultura.

El Manual comienza con la identificación de los aztequismos en la lengua española y poco a poco nos conduce al mundo maravillosos del náhuatl, hasta llegar a realizar traducciones del español al náhuatl y del náhuatl al español.

Me siento afortunada de ser amiga de Marcelino y de que hasta esta gran isla-continente donde vivo: Australia, me ha enviado su Manual, el cual es producto de sabiduría, constancia, férrea disciplina y absoluto rigor.

El autor ha considerado la importancia de enseñarnos el alfabeto pues hay sonidos del español que no existen en la lengua náhuatl, así, notamos la ausencia de “b”, “d”, “f”, “g”, “ñ”, “r”, “v”; observamos que “c” y “q” se sustituyen por la “k”; y la “z” se sustituye por la “s”. Sin embargo, percibimos que en náhuatl “tl” no es parte de una sílaba sino una letra, así como “ts”.

En relación con la acentuación, el Manual señala: “la lengua náhuatl es de acentuación grave, es decir, que la sílaba tónica se presenta en la penútima sílaba. Sin embargo, en algunas variantes podemos encontrar que se acentúa como aguda. Ejemplos: maltí, se baña; mauiltí, juega; si no se pone el acento respectivo y se lee como una palabra grave, cambia de tiempo presente a pasado.” (p. 13)

El mosaico, o mejor dicho, el tejido laborioso de la lengua nos invita a internarnos en un mundo mágico. Algunos objetos considerados inanimados en español o en otros idiomas como ‘estrella’ = sitlali o ‘cerro’ = tepetl, “no son cosas inanimadas para los indígenas ya que se les da vida y se les rinde culto” (p. 29).

El Manual nos lleva de la mano mediante capítulos que nos acercan a la gramática, al vocabulario, y lo más importante a la cosmogonía de la cultura náhuatl; nos explica las diferencias dialectales, nos ubica en el tiempo y en el espacio, elementos sine quan non del idioma y de la percepción del mundo de los hablantes.

A lo largo de sus cien páginas se encuentran fotografías ad hoc al proceso de concienciación del lector en el mundo actual que viven las comunidades indígenas en nuestro país cuya población se estima en 1,697,000 habitantes, según la más reciente información de Etnologue, de 19962, siendo el náhuatl la familia de lenguas indígenas con más hablantes.

El náhuatl es la lengua que hablaban los aztecas en México-Tenochtitlan, en los siglos XV y XVI, sin embargo, existen variantes, una de ellas, la de los aztecas, es la denominada náhuatl clásico. En la actualidad las variantes del náhuatl se encuentran algunas partes del Distrito Federal (Ciudad de México) y en los estados de Durango, México, Guerrero, Michoacán, Morelos, Oaxaca, Puebla, San Luis Potosí, Tabasco, Tlaxcala y Veracruz.

Aunque el estudio del maestro Marcelino se ha centrado en el náhuatl hablado en el estado de Hidalgo, su tierra de origen, el Manual comprende reglas generales para la comprensión de la estructura del idioma.

El náhuatl es una lengua aglutinante, es decir, añade muchas clases de afijos (prefijos y/o sufijos) a una raíz hasta poder construir palabras muy largas; de tal suerte, encontramos palabras como: ‘tsinkechkuayotl’ = ‘cintura’, o ‘kuitlapamitl’ = ‘espalda’. O ideas contenidas en una sola palabra: ‘atsintla’ = ‘atraviesa el agua’.

El Manual está orientado tanto para los hablantes de la lengua indígena, como para los no hablantes, investigadores, maestros bilingues, amas de casa y a todas las personas interesadas en comprender y entender esta lengua.

El maestro Marcelino se ha dado a la tarea de colocar mapas cuidadosamente elaborados para la identificación de los lugares donde se habla el náhuatl, un glosario, un apéndice con las partes del cuerpo, los números, colores, multiplicaciones y variadas referencias. Dentro del apéndice, observamos con deleite un listado de algunas palabras de origen náhuatl, entre ellas: aguacate, ajonjolí, atole, cacahuate, coyote, ejote, chapulín, elote, epazote, mecate, metate, milpa, nixtamal, papalote, tecolote, tianguis, tomate, zacate, zapote, zopilote, y muchas más.

Esta breve semblanza de una parte del trabajo del maestro Marcelino es una invitación a conocer su trabajo, a disfrutar de un idioma maravilloso y verdadero, actual y vigoroso.
Marcelino se ha dado a la tarea, además, de compartirnos su amor por las letras pues es un estudioso de la gramática, dirige talleres literarios, escribe, organiza actividades y forma parte de fundaciones que se orientan a la divulgación de la lengua náhuatl, es maestro, padre de familia, poeta, es un hombre comprometido con su tiempo y con su historia… me siento muy orgullosa de ser su amiga.

Para quienes no conozcan nada del idioma, he querido transcribir un poema de Nezahualcóyotl, el rey poeta. Curiosamente este fragmento se encuentra en los billetes mexicanos de 100 pesos:



Nehhuatl nictlazohtla


in centzontototlicuicauh



nehhuatl nictlazohtlachalchihuitl itlapaliz



ihuan in ahuiyacmehxochimeh zan oc cencah,
noicniuhtzin intlacatl,


nehhuatl nictlazohtla3





Notas:
*Hernández Beatriz, Marcelino. Manual para aprender náhuatl. México, Edición Makuilxochitl, Cruzhica, 2004.1 Marcelino Hernández Beatriz nació en la comunidad de Cruzhica, municipio de Xochiatipan, en el estado de Hidalgo. Hizo sus estudios primarios en su propia localidad. Es egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM donde estudió la carrera de Letras Hispánicas. Ha sido Coordinador Académico de la región de Huejutla que forma parte del Consejo Nacional de Fomento Educativo, desde 1995. Ha realizado estudios de inteligibilidad de la lengua náhuatl logrando con ello la reorientación del trabajo pedagógico del PAEPI.Es traductor del náhuatl, principalmente en poesía. Ha publicado la Monografía del estado y El Vocabulario náhuatl-español de la huasteca hidalguense.Escribe poesía y cuento, además de impartir talleres sobre la lengua náhuatl y realizar actividades de difusión cultural.Actualmente es Jefe de Programas Eductivos en el CONAFE, delegación Hidalgo.2 2,500,000 de hablantes, según datos del INEGI, 2000.3 Amo el canto del zenzontle pájaro de cuatrocientas voces amo el color verde del jade y el enervante perfume de las flores pero amo más a mi hermano: el hombre.






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El Imperio de Los Niños

Tomado de Cuscatla
La palabra Pipil en lengua náhuatl significa "niño". Esto deriva del hecho que Los Pipiles usaban mucho la letra "t" en su náhuatl, lo cual sonaba demasiado blanda y dócil para las tribus migrantes toltecas pre-mayas que llegaron a la región. Las civilizaciones del centro de México, en su náhuatl, usaban "tl", dándole más sonora y fuerte expresión a las frases en náhuatl... de allí que se llamó Pipiles, o "niños", a la cultura predominante en el precolombino Señorío de Cuzcatlán. La palabra náhuatl Cuzcatlán significa "tierra de dicha" y se compone de dos palabras: cozcatl = "collar", símbolo de la riqueza, y de la palabra tlan = "abundancia".
Originalmente Cuzcatlán se llamó Nequepio, dado por tribus Olmeca y Quiché que habitaban la región antes de las masivas emigraciones del norte a Mesoamérica. Los Pipiles rebautizaron la región como Cuzcatlán debido a la asombrosa fertilidad de las tierras de Nequepio. El origen de la población indígena de El Salvador es indistinguible. El historiador salvadoreño Santiago Ignacio Barberena dice que en la etapa precolombina había una pluralidad que reunía Amerindas (indios americanos) o autóctonos de la región, Maya-Quiché (descendientes directos de los Olmecas), Nahoa con sus descendientes directos los Toltecas o Yaquis, y los Aztecas; de estos dos últimos ascendía directamente la tribu dominante del señorío cuzcatleco: Los Pipiles. Lo anterior nos hace a los salvadoreños más ancestralmente hermanos con el pueblo de México que con Honduras que es más Maya y Lenca. La población que encontraron los conquistadores españoles ya no era autóctona original del país cuzcatleco, sino producto de estas tribus migratorias de más avanzada cultura. Se especula que todas ellas descendían de un tronco común. Y como había variedad, se hablaban varias lenguas, entre ellas hay seis principales para la época de la conquista: Pupuluca, Pipil, Pokomán, Chontal, Patón, y Taulepalua. En muchas de ellas, el náhuatl era la rama común, como el indoeuropeo es a la mayoría de lenguas del mundo. Los Pipiles, antepasados de todos los salvadoreños, hablaban el nahoa o náhuatl ligeramente diferente del náhuatl que hablaban sus antepasado Aztecas en la inmensa Tenochtitlán. Pero había otras lenguas y razas tanto Maya-Quiché, como Lencas esparcido en lo que hoy comprende el actual territorio salvadoreño. Estaban los Chontales en San miguel, como los Lencas en Morazán, los Chortíes en Tejutla, los Sinca en Izalco y los Pokomanes de Chalchuapa.
Los Pipiles eran principalmente agricultores, pero también guerreros. Su territorio abarcaba de este a oeste el Río Paz, y el Río Lempa, de norte a sur desde parte de Chalatenango hasta el océano pacífico. Trabajaban la arcilla y eran buenos alfareros pero sus conocimientos de la metalurgia eran rudimentarios, el único oro que poseían era el recogido de los ríos; además, es sabido que el oro siempre ha sido escaso en Cuzcatlán; sin embargo, sabían fundir el cobre sin usar hornos, y su bronce era bastante resistente. Poseían su propio calendario y sistema de numeración, pero solo conocían rudimentos de las ciencias astronómicas y adolecían de conocimientos artísticos como la pintura, y las artes. Para concluir, se sabe muy poco de sus instituciones políticas, civiles y militares.


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Siempre sobre educación

Josefina Pineda de Márquez


GLF




Apenas se han hecho algunas cosas buenas en Educación, pero han sido más abundantes los errores. Nuestra población necesita con urgencia ser de verdad atendida en la formación de sus ciudadanos.


Los gobiernos no han tenido una visión verdaderamente formadora del SER humano. Está bien que se haya tomado, en algunos momentos de nuestra vida “independiente” algunos modelos europeos, pero se han tomado a medias y no ha habido la voluntad o capacidad para mejorarlos y buscarles una aplicación acorde a nuestra idiosincrasia.


La educación parvularia, por ejemplo, adoptó por un tiempo el método montessoriano y otros y algo se ha hecho, pero falta bastante por hacer. Sobre todo una maestra no puede atender para educar a más de 15 niños. En nuestros jardines de infantes públicos es sabido que se le asignan hasta cuarenta chiquillos. Así lo más que puede hacer una maestra es evitar que se lastimen entre ellos o entretenerlos con muy poca atención individual.


Los niños en edad parvularia necesitan de atención muy grande y especializada. Sabemos que en este período de la vida se fijan patrones para la vida de un individuo.Podrían decirse las fallas o impedimentos en las siguientes etapas de la formación de un muchacho y en todas hace falta mucho por hacer.


No podríamos en cinco años del confiable gobierno actual esperar que todo en Educación se resuelva. No olvidemos que hay algo muy bien sabido: Los pueblos mal educados e ignorantes son sometidos por los egoístas poderosos del dinero.


No es tiempo para echar culpas, pero urge que se piense en lo dañino que ha sido el no tener escuelas normales. Y no es porque “todo tiempo pasado fue mejor”, fue un gran error suprimir las escuelas: Normal de Señoritas “España”, Normal de varones Alberto Masferrer, Escuela Normal Superior y más recientemente Ciudad Normal. Ese preceder de las autoridades fue nefasto. Retrocedimos muchos pasos en Educación.


Es necesario formar jóvenes con vocación de servicio para ser Docentes y en instituciones estatales con lineamientos que busquen la superación del SER humano y con verdadero sentido de solidaridad. A los docentes en servicio habría que darles capacitación más acorde a los nuevos momentos que se viven aquí y en cualquier parte del mundo.


Es triste pero cierto, entre los llamados pueblos civilizados sólo aquí, posiblemente, se da por aceptable una educación con tan poca atención a la formación de sus educadores.Lo de volver a nuestros estudiantes investigadores por supuesto que lo aplaudimos, pero ¿a los docentes se les darán los instrumentos de formación adecuada para despertar esa veta que por ignorancia o mala intención no se despierta en nuestros niños y jóvenes?


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Talleres de teatro
Taller de Voz para la escena
Se trabajarán sobre los temas de afinación para el canto en escena, proyección y volumen de la voz y correcta dicción. Este taller está dirigido a actores, estudiantes de actuación y personas interesadas en el uso de su voz en el escenario.
Impartido por: Joel Barraza. Músico y compositor.
Horario: Lunes. 4:30 a 6:00 p.m.

Taller de Jazz para espectáculos teatrales
Se abordará la técnica del jazz y su utilización en espectáculos teatrales, realizando entrenamiento en esta rama de la danza, además de ejercicios técnicos y coreográficos. Está dirigido a actores y artistas escénicos que deseen incorporar el conocimiento del jazz a su bagaje técnico.
Impartido por: Erick González. Bailarín y coreógrafo.
Horario: Martes.4:30 a 6:00 p.m.

Temas de Entrenamiento Actoral: Calidad del movimiento.
Taller práctico donde se trabajará sobre la calidad del movimiento del actor en el espacio, en solitario y en relación a otros actores en el escenario: control del movimiento y proyección corporal, manejo de la tensión equilibrio – desequilibrio y proyección de energía en el cuerpo y la voz. Está dirigido a actores y actrices de todo nivel que deseen dar mantenimiento a su entrenamiento actoral y trabajar sobre la calidad de su movimiento en escena...
Impartido por: Jennifer Valiente. Actriz y directora del TIET.
Horario: Miércoles.4:00 a 6:00 p.m.

Temas de actuación: Improvisación bajo el esquema de sumar pautas
Se trabajará la improvisación de escenas a partir de un esquema general sobre el que se suman pautas y acuerdos; este ejercicio lleva a la investigación del aquí y ahora en compañía del otro, escuchar, ver y accionar de verdad en tiempo real. Dirigido a actores y actrices de todo nivel que deseen incorporar el conocimiento de la improvisación sobre pautas a su bagaje actoral.Impartido por: Jennifer Valiente. Actriz y directora del TIET.
Horario: Jueves 4:00 a 6:00 p.m.

Lugar para todos los talleres:
Local del TIET. 21 av. Sur, no. 113, edificio Alduvi, 2ª. Planta. (A la vuela del Mr. Donut de la universidad Tecnológica).
El costo de los talleres es de $10.00 al mes por cada taller ($40.00 al mes por todos los talleres), a cancelar en el local del TIET. Cupo máximo: 16 personas por grupo
Inicio de talleres: 1 de julio. Finalización: 30 de noviembre.
Mayor información: proyecto_escenario@yahoo.es, Tel. 2222 0613. Cel. 7239 5359.
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viernes, 19 de junio de 2009

II. DIJE LO QUE HE VIVIDO




Luis Cardoza y Aragón

No amamos nuestra tierra por grande y poderosa, por débil y pequeña, por sus nieves y noches blancas o su diluvio solar. La amamos, simplemente, porque es la nuestra.
En su territorio hay una región que es la región de nuestra infancia. Y en tal región, una ciudad o un pueblecillo. En el pueblecillo, una casa. En la casa, cuatro paredes viejas y manchadas, con muebles rústicos hechos por el carpintero de la familia, con árboles que nos dolió verlos abatir. En medio de la casa, una fuente de la cual nunca dejaremos de escuchar el canto.
Todo se va replegando hasta llegar de la caja más grande a la más pequeña, del mundo a las cuatro paredes de la infancia, hasta la cuna y el ataúd. La tierra que caerá sobre esas cuatro tablas, cuando estemos de vuelta a geranios y quiebracejetes y nos empinemos en los árboles, es la tierra más dulce que existe. La niñez va corriendo como un arroyo que canta. Remontamos la corriente hasta el manantial. Hasta el amor de nuestros padres. No amamos nuestra tierra por hermosa, por alegre o triste. Por su leyenda o su primitiva felicidad sin historia. La amamos porque es la nuestra. Quiero, quisiera que vieras con ojos de mi niñez, con ojos de tu niñez. Con ojos de la niñez del mundo. Nuestro amor es bello sólo tal otro amor gemelo.
Anima la quietud de estas páginas, fuego oscuro amasado en el hondón de las entrañas. Huracán sopla para siempre mi brasa y su tibieza de rescoldo se perpetúa. El corazón de lava aún caliente sonríe su noche elemental, donde todavía sueña Kukulkán, desde el ídolo primigenio hasta las muñequitas multicolores de Mixco y las tinajas de Chinautla. Estamos en Guatemala, verde colibrí reluciente. La caja grande y dentro una más pequeña y otra. Otra y otra, hasta llegar a mi pueblo, Antigua Guatemala. Y otra más pequeña, y otra y otra, hasta la casa y mi cuarto de niño. Pongo a mi tierra sobre mis rodillas, en la palma de mi mano. Desde muy alto los ojos podrían abarcar sus límites, contemplarla, como esos pisapapeles de cristal que tienen en el centro un ramo de florecillas dormidas. No es el caso de contemplar lo que no existe. Ni de sólo admirar lo que está allí. Soy vidente, ahora pisamos tierra firme y amo la realidad.
Los arqueólogos se sumergen en la prehistoria o en la historia, exploran las entrañas de la tierra para encontrar una vasija, un hueso, un vestigio milenario, y no ven nada del mundo de los mercados, de los pueblos, de los sufrimientos que padecen los indios vivos. No sólo los arqueólogos, también los poetas, pintores, músicos, novelistas, se encandilan con el "exotismo" de donde han nacido y se ciegan para toda apreciación objetiva. Hay guatemaltecos que nos ven como los extranjeros y crean una exportable imagen colorida, igual a una vitrina de indios, tan pintoresca que casi justifica las intervenciones. Muchos de ellos ni siquiera adoptan una actitud como la del padre Las Casas, hace 400 años: se han evadido, desertado o detenido en deformaciones sentimentales, artísticas, de los indios remotos, a veces humanitarias, es cierto, pero sin conciencia sociopolítica. Casi sin excepciones, entre los arqueólogos, escritores, investigadores históricos, artistas, traductores de los libros aborígenes, no hay en Guatemala sino dos o tres que a tal vocación hayan unido, en los últimos cien años, consecuente conducta política.
Hace tiempo, mucho tiempo, había deseado escribir estas páginas. De golpe, se me vinieron mil cosas encima: mi recuerdo tartamudeó en alud amoroso. No me proponía cumplir una misión o pagar una deuda. Todo es más humilde en el fondo, vital e inevitable. Lo de misión o deuda sería pura pedantería. Deseé dar una sensación de Guatemala, de mi Guatemala. Deseé mostrar algo de su vida interior, inocente y sombría. Deseé que luzca, como todos los días, rebozo de colores y trenzas con tocoyales, dibujándola sin que ella lo advierta. Un retrato, con sus grandes aristas solamente. Abocetada con libertad, aprehendida en tres o cuatro rasgos privativos y recónditos, en los cuales está como la siento en mí, silvestre, augusta y enmarañada. Su fervor recogido en estrofas de su crecimiento: monólogos de humo y pirámides de sueño y canto.
La veo mestiza en su pensar, con barro antiguo del Popol Vuh y musgos de Landívar en un mismo pulso urgente. Indígena en la entraña, donde el corazón resuena entre mantos azules, igual al tun en los pueblecillos cuando celebran la fiesta. Sencilla y segura, camina ataviada como pájaro o reina en la miseria, un niño a la espalda, en harapos sus ropas aborígenes y fatigada la greda categórica del rostro bajo el peso que carga sobre la frente, corona rural de frutos y de flores. Va descalza, rompiéndose los pies por los caminos, la tinaja sobre el hombro, igual a la dulce Ixquic. La belleza del cuerpo radica en lo más profundo de la materia: en la conformación y armonía del esqueleto, imagen de la muerte. Sus rasgos resurgen para mí de la viva y mineral estructura escondida, remontando hasta la piel de obsidiana al sol.
He deseado ofrecerle un testimonio de poesía: exacto de verdad práctica. Un libro de síntesis, de visión general, veloz e inesperada. Placa radiográfica y fotografía aérea al mismo tiempo. Hago una incursión en el ayer, vivo en mi recuerdo, hasta convertirlo en creación, sin celo alguno de desdoro o no sentido encumbramiento. Recojo y subrayo lo que juzgo capital para descubrir y fortalecer la filigrana del origen de nuestro sentimiento de nacionalidad. Amor de la realidad: he pesado a Guatemala sobre las alas de las mariposas, auxiliado siempre por experiencia, cifras y emoción. Sin embargo, me siento ante ella como un árbol podado soñando con las flores de sus ramas. Desterrado en mi patria, sin salir de ella, libérrimo, feliz y amante, reencontrada en la realidad y en mis sueños, me tiendo bocarriba, más allá de mi muerte y de la muerte, sumergido en su sentimiento y en su pensamiento. Y desde el Popol Vuh tomo las ruedas dentadas que crearon la noria de la sangre. En su impulso nutren su ímpetu, a veces aun por inercia, muchas otras ruedecillas que de alguna suerte nos sirven asimismo para marcar la hora, para saber quiénes somos y saber adónde vamos. Y me atropello de nostalgia y descubro el cielo de todos los hombres, libre aquí en mi cárcel sin techo, y cuento y reconozco las estrellas, las palpo húmedas sobre mi rostro, descarnado ya, camino del cuarzo, entre la hierba y la tierra, que cegaron mis ojos de color y me llenaron la boca de polen y canciones.
Ahora recuerdo el origen de estas páginas que son sollozo, alarido y canto. No sólo hay que vivir lo que se escribe sino hay que sufrirlo. Necesidad absoluta de una patria, de mi tierra mía y su imprescindibilidad de función ecuménica. Ansia de clarificación, de forma, para que nuestro metal dé su sonido: estaba yo sentado en lo más alto del Castillo de Chichén Itzá la tarde que llegué por vez primera. Entonces, hace muchos años, sentí, como grano de mostaza, alga de lo que he escrito. Empezaba a germinar en mí. Era yo mismo la semilla. Una semillita sola, pero ya pude palpar raíces milenarias. Sobre las ruinas, el crepúsculo del trópico untaba lumbre atormentada y musgos de oro. El chaparral, asaeteado por faisanes y venados, perdíase en el horizonte hasta el mar.
Chichén Itzá, nenúfar de espuma, se abría sobre la verde marea sin fin. Bajo los cimientos, capullo de geología, cielo y siglos, cantaban las arterias que miran por los cenotes. El rumor subterráneo aunábase con la música planetaria del espacio infinito, los acordeones de la selva y el masticar de las hormigas. Con las primeras sombras-sol postrero y luna que retoña-, día casi noche ya, la eterna noche de antes, la mariposa de obsidiana, como si procediera del Lugar de la Abundancia y no de Xilbalbá, incendió de vuelo sus alas de vitrales: Chichén Itzá se puebla, vive y se anima como en los años de esplendor y gloria. Y son también lámparas vivas Tikal, Uaxactún, Palenque, Quiriguá, Copán, Yaxilán, Bonampak y enjambre de ciudades ocultas, escamoteadas entre los dedos de los grandes árboles. Los sacerdotes marcan sobre piel de venado las huellas de Venus que perpetuamente está naciendo. Como abejas embarradas de miel desfilan las doncellas, doradas de ajorcas y bezotes, verdes de turquesas y jades, rojas de caracoles y pasión. Todas juntas semejan quetzal gigante, lento meteorito de plumas. El adivino consulta los menudos pórfidos bermejos del árbol del pito, pesado el corazón de estelas y alígero de colibrí. La luna de Chichén Itzá pone algo que tal vez sea asunción o nacimiento, o sólo nácar mágico. En el juego de la pelota, figuras elásticas y oscuras enloquecen tras el copo que, cual un tapacaminos, rebota en el muro, luego cae y ni toca el pavimento y se alza, ubicuo y simultáneo.
Los abuelos, dos aguiluchos tallados en creciente lunar, con más memoria que los relieves del templo ahíto de centurias, acezando de ámbito y piedra. El sol se fue creciendo y el chiquirín clavaba la lumbre con sus tres golpes estivales: chi... qui... rin. .. chi... qui... rin... Los abuelos, ateridos de filial milagro, hundidos los pies en las raíces de los chicozapotes y en el salitre de los murales, al morderse los labios sintieron el saber de la tierra caliza. Germinaron tomando agua ciega de los zihuanes, rompiendo la tierra con una llamita verde hasta el venado sagitario, hasta ser hombres de maíz. Los dioses telúricos, caracoles del mar de la infancia, nos contaron fábulas y nos alzaron más que a los santos desvencijados de los pórticos en las viejas iglesias coloniales. Infancia de mi tierra –Ah mi tierra y mi infancia!-, huipil hilado por ellos con la misma alegría de los pájaros tejiendo lo azul. De la mano de Hunapuh, joven abuelo, acompañé a los cakchiqueles para robar el fuego. A los quichés, para comprobar con la plomada los muros de Gumarcaah. Como en los códices, mis huellas fueron quedando en esta peregrinación al mito, a Tikal y Quiriguá, al Palacio de los Capitanes Generales, a las calles de la Nueva Guatemala, en el Valle de la Ermita. Estuve en cada etapa del camino sin fin como viajero de buena voluntad al servicio de su pueblo, que luego evoca mal lo mucho que vio y por ello su recuerdo se reduce a sencillo testimonio. Como un mural, concebí estos apuntes para dar una imagen de Guatemala que tuviera algo de su color, de su condición primitiva, de su pasión germinal y de su vida asentada sobre tan diversos y contrastados niveles económicos que el presente sigue explicándose por el mito o por la historia.
Algunas de mis memorias más tiernas o acongojadas, para crear el ambiente, se entrecruzan con estadísticas. Un retrato de cuerpo entero, como esos anónimos del siglo XIX, con el detalle en que se distingue amor ingenuo. Así anhelé que crecieran estas páginas, organizándose biológicamente, a medida que avanzaban. He tomado sus medidas como para hacerle un traje. Sus sueños como para hacerle un canto. Me ceñí a su realidad lo más que me fue posible. Y quien juzgue que mi palabra parece asirse del sueño, es porque jamás ha conocido la vida tétrica, dolorosa y fantástica de mi pueblo.
Nunca traté irrealmente ninguna de sus imágenes: habría perdido la riqueza de la realidad para caer en innecesaria metamorfosis barroca, como si la realidad material, que nos satura y golpea los sentidos, careciera de inacabables posibilidades. Precisar el dibujo, ceñir la verdad mágica, me obligó a mantenerme en la tierra firme de la cual nunca deseé salir: no se acierta a saber la vaguedad ni con los malabarismos más peregrinos de la expresión.
Empecé por la creación del hombre guatemalteco en el mito y fui caminando en el tiempo en varias direcciones, para llegar a nuestro ahora. No es una síntesis económica, política y social la que esbozo en algunas de estas páginas. Sino un esquema de síntesis del sentido y del carácter del proceso histórico: converso con los hombres de los monolitos y los códices, con los dioses, los héroes y los hombres de los libros indígenas; recuerdo y voy domeñando mi entusiasmo cuando mi memoria se quiere salir de madre. Y no evoco como historiador o como erudito, porque no lo soy, sino como un hombre simple que dice lo que ha vivido. Y cuanto más severo y exacto es mi recuerdo; cuanto más tranquila es la palabra que traduce el gozo o la angustia de mis sentidos y la añoranza de mi sangre; cuanto más se enraiza mi voz en la realidad, tanto más se crea y sufre con lágrimas guatemaltecas que sólo mis ojos pueden llorar.
Y, entonces, mejor y más verdadero está mi pensamiento, y más limpia la emoción mía y la engendrada en quien me lea, por distante que su mundo esté del mío.
Guatemala, tierra edénica y elemental, con un pasado singular y una evolución dramática, cruenta y oscura, poco unánime por sus tremendos desniveles culturales, avanza dando tumbos, lúcida y firme. He querido dar el ambiente, sin preocupación contemplativa , interpretando con técnica de análisis su realidad varia, móvil y remota, regido por mi conciencia poética y social. Me cautiva no sólo la acción sino también la contemplación, cuando el matiz y la sutileza son característicos. Escojo y muestro elementos contrarios, hechos de opulencia y rigor, de preocupaciones teológicas y su origen por condiciones económicas, el mundo fabuloso del acontecer cósmico del Popol Vuh, la realidad delirante del aborigen de Chichicastenango y la vida mínima y marginal del "cucurucho" y el albor de la voz de mañana.
Mi tierra no es una tierra exótica. Es una tierra matinal cuyo hechizo más hondo radica en las creaciones y expresiones históricas populares, más allá de cualquier devoción pintoresca. El color, aquí, es inevitable, y sólo cuando es inevitable por ser de tan buen tinte que no se destiñe ni con el sol y mis ácidos, ha permanecido indeleble más allá del afán descriptivo y localista. Y aunque se juzgue paradójico, por su misma verdad de bulto, lo popular no es popular ni nacional, propiamente, y no puede serlo porque no somos una comunidad económica, política y social unificada. Lo que tenemos por popular son obras espontáneas del genio popular de indígenas oprimidos y explotados, creándolas y repitiéndolas para sí mismos o para reducido público turista o nacional, extraño al sentimiento, condiciones, necesidades y gustos de quienes las crean. Nuestras diferencias son tan brutales que van de sistemas de producción y consumo neolítico, de "economía cerrada", feudal y semifeudal hasta capitalista, como lo vemos en Chichicastenango y en los mercados de cualquier ciudad del país. No exclamo: abajo la pandereta! porque no la tenemos, sino abajo la jícara! No me he demorado en reflexiones vagas, subjetivas. Sino en lo más concreto y profundo. En las creaciones auténticas y esenciales. Nada más fantástico que la realidad. Y por encima de lo que atine a urdir mi imaginación y para dar realidad a esa conciencia y conciencia a tal realidad, he ido a las fuentes seculares. A mi infancia y a mis cicatrices.
He aquí algo de mi pueblo, de su rica tradición -lo que fue, lo que es, lo que será-, invariable en su diversidad, sufriendo aluviones, lavado por torrentadas, arrasado como para borrarlo del mapa con la tromba de la Conquista. Hay unidad a través de sus avatares, aun cuando parece irreconocible en muchos de ellos, que son contradictorios. Siempre las mismas hojitas brotaron del grano de maíz en el surco. La lealtad de esta permanencia la he seguido desde hoy y mañana hasta entrar en el palacio por el arco de Labná, retroceder en el tiempo y sumergirme en las fauces de un dios zoomorfo y nadar en las aguas eléctricas del mito.
Haber vivido lejos cerca de un cuarto de siglo sin interrupción me permitió penetrar con ojos frescos en muchas de nuestras cosas, apoyado en el recuerdo, en el instinto y en la tierra guatemalteca que me llevé en la suela de los zapatos. La intensidad del retorno, en mis condiciones, no creo que la haya tenido alguien. Mi pueblo despertaba, rompía sus cadenas y por dondequiera creaba un clima de himno su fervor. He sido un hombre metido en mi vocación, y mi vocación misma también me ha ligado más a mi pueblo que resuena en mí desde mi infancia, a flor de alma, sollozándome recuerdos. Y no siempre he necesitado comprenderlo porque me ha bastado con amarlo. Y digo mis condiciones para decir que llevaba muchos años fuera de mi tierra y que su recuerdo en mi entraña vivía, ni más ni menos, como me imagino que vive en todos, o viviría en aquellos que tuvieren la felicidad indecible de ese retorno.
Aquí está algo de mi niñez y de la transposición de mi nostalgia: rasgos de la imagen de cómo yo desearía que fuera mi tierra. Están las nubes, los olores, las piedras, los sueños, las luchas, los pájaros, las esperanzas, los sabores, las congojas, los ruidos guatemaltecos. Y una realidad seca y ardiente que he podido captar, porque al reencontrarla, al redescubrirla, me ha golpeado al volver a vivirla. La esclavitud indígena ha disuelto su amargura, su resentimiento y su dolor, en todos los seres y en todas las cosas. Se halla en el aire y en el fuego, en el agua y en la tierra. En la palabra y en el silencio. En la fiesta y en el funeral. Por todas partes está pesadamente, como ubicuo fan tasma de piedra . Mis compatriotas, sin la lente de tal experiencia, acaso juzgarán inexactas o exageradas algunas de mis impresiones. El ambiente, para ellos ininterrumpido y consuetudinario, no les muestra los mismos tenebrosos o vibrantes relieves y matices. Están, en cierto modo, invalidados para advertir algunos pormenores y para asirlos con la precisión virgen que sin proponérmelo, incluso por las violentas agitaciones sociales, forzosamente, me ha deparado la realidad en los diez años últimos. No señalo virtud personal alguna sino, simple y sencillamente, una circunstancia, un hecho. Tallé las cuentas poco a poco, desde el mito hasta la reforma agraria. Como la araña, forjé el hilo de mí para ordenarlas en collar. Si resultó el collar, anhelo que sea como ésos de macacos, cristales y piedrecitas de colores que adornan a las indias: un chachal para el cuello de mi amada Antigua.


sábado, 13 de junio de 2009

El valor del dinero

Por Rafael Armando Magarin Arana
Redacción La Fragua

Valdrá más el dinero para aquellos que lo aman. Vender, comprar, adquirir préstamos, intercambio monetario. Esto es cada día en aquellos que entregan su vida a la muerte por una adquisición.
Amor interesado, ser rico más que pobre, es lo que se dice es lo que se cree. El dinero, cambia
y condiciona a quien no puede manejarlo.
Sufrir o dejar de sufrir es el dilema de aquellos que se alejan tras el sueño de crecer, de tener optimas condiciones de vida, cruzando fronteras, enfrentando peligros, teniendo que decidir entre la vida y la muerte, el fracaso o el éxito.
Esto es el dinero: tener que elegir entre la vida y la muerte, el éxito o el fracaso, ser rico o ser pobre. "No obstante vale más la vida que el dinero; pero recuerda que el dinero es el complemento de la vida”, dicen algunos. Lamentablemente, ¡es verdad, el dinero lo mueve todo y sin el dinero no hay nada!
En otras palabras para hacer dinero hay que pagar con dinero. Todo es un juego de canje a quien se queda con el paquete más grande: producir y engrandecer es el objetivo, jugar lo que tienes por todo o nada. Así es en la compra y transacción de acciones; es como estar en un juego de lotería invirtiendo lo poco que tienes, tirándote a la suerte de perder o ganar. Muy pocos son los que saben invertir y subirse a la ruleta en el momento preciso. Saber invertir no significa saber gastar, más bien significa saber valorar el dinero, gastando poco y haciendo mucho en lugar de gastar mucho y adquirir poco, haciendo buen uso de los pocos recursos que se tienen, usando la creatividad y la imaginación para obtener grandes resultados.
Administrar el dinero es como subirse a un caballo y tratar de domarlo. En otras palabras es dominar en lugar de ser dominado. Esto no significa ser tacaño, más bien es saber valorar el dinero.

martes, 9 de junio de 2009

El trabajo artístico y su función transformadora de la realidad (I)

Lya Ayala Vallejo

En estos azarosos días todos deben preguntarse que función deberían o deben desempeñar en el proceso de cambio que se hace el esfuerzo por creer que se producirá, los políticos apuestan a ser mejores políticos y los nuevos políticos, los que empiezan a nadar en esas aguas peligrosas, se proponen con valentía cumplir con su propia conciencia.

Es posible que a los artistas en general a quienes toca un trabajo diferente y una labor compleja la anterior reflexión les caiga en poca gracia. Un compromiso con el trabajo artístico es ante todo un trabajo consigo mismo; pero como uno mismo es siempre o debería ser siempre un trabajo con los otros y para los otros, no hay escapatoria alguna. No porque haya alguna obligación implícita en todo acto de reflexión humana sea esta política o artística, al fin de cuentas de ambas nutrimos la vida todos los días sin hacer uso explicito o percatarnos de ello.

El artista por esencia es un observador de la realidad propia y ajena, de eso nutre su trabajo. Por eso insisto que mezclar la politización de la realidad inmediata con la esencia y trabajo artística limita la experiencia y las posibilidades a largo plazo del artista, porque los rumbos de ella están mas allá de lo momentáneo de los acontecimientos políticos, la razón del artista es el presente como una semilla que guarda el significado del tiempo, el artista puede observar y atisbar con su imaginación, si mira con detenimiento y concentración, las bordas y ríos del futuro.

Esa es la pregunta de este instante: qué de trascendental quedará plasmado en las acciones gubernamentales hacia la sociedad salvadoreña, esto será de interés del funcionario a quien se le asigna esa labor; pero al artista, al artista le toca fundar con su trabajo la impronta de la transformación de la sensibilidad e imaginación de hombres y mujeres, su labor es acción; pero actuación creativa de alta calidad; propuesta imaginativa de profundo significado, alejada de compromisos partidarios y burocráticos.

Si, por el contrario, al artista lo llaman a trabajar en instancias o proyectos culturales, tendrá la oportunidad de hacer una labor que le corresponde como cualquier profesional que se precie de hacer eficientemente y con honradez su trabajo; y como nunca puede divorciarse de su esencia vital de creador, se esperará que le imprima un sello magnifico de alto valor humano y técnico; pero deberá tener cuidado en utilizar estos medios para apropiarse de lo ajeno que le pertenece al Estado, a la gente, en beneficio propio.

A los artistas les ha tocado tener que adosarle a su labor artística otra carrera u oficio para lograr vivir, y de alguna manera esto debe ser así, por las características que la misma sociedad le atribuye a la carrera artística; que no es diferente en otras partes del mundo; lo cual hace muy interesante que pocos, por talento y perseverancia, puedan ser artistas.

De aquí parten las expectativas que se tienen cuando un “artista” toma las riendas de una oficina pública que debe hacer funcionar programas y proyectos que permitan a la población desarrollar sensibilidad y conocimiento de sí mismo ante el mundo, esa es labor de las entidades culturales, eso humaniza e identifica a la persona con su pasado, presente y futuro.

El trabajo de las entidades culturales tiene dos partes: propiciar acciones inmediatas como certámenes, conciertos, presentaciones, publicaciones; activar las herramientas culturales; y la contraparte es o debería ser la propuesta de una visión creadora y creativa del ser humano frente a su historia particular y colectiva, esto es el cimiento que hace a una nación prospera en educación y tecnología, porque ambas se nutren de la capacidad de sus habitantes para crear con novedosos pensamientos e instrumentos su realidad física y espiritual.

Es curioso que el artista tenga las facultades de observar desde afuera y desde adentro este proceso, existen y existirán muchos políticos y muchos burócratas; pero los artistas, los verdaderos deben estar atentos a diferenciar su honestidad creativa y transformadora de la historia permanente sobre los compromisos de la historia efímera.

martes, 26 de mayo de 2009

Presentación del libro "Los Guerreros de la Libertad" por el autor David Ernesto Panamá.

Wilfredo Arriola
coordinador La Fragua

Los Guerreros de la libertad, libro de David Panamá fue presentado el 26 de mayo de 2009 dentro del marco de la semana cultural en la Universidad Evangelica.
Fueron invitados para comentar la nueva edición los escritores Mauricio Vallejo Márquez y Roberto Laínez Días para realizar.

En la presentación se detallaron las ideas más representativas que la obra detalla acerca del conflicto armado que se vivió en El Salvador, la cual culminaría con los Acuerdos de Paz como quién fue el asesino de Monseñor Romero, la fundación del partido Alianza Repúblicana Nacionalista (ARENA) y otros como el asesinato de Anastasio Somoza.

David Panamá se mostró sincero y fue explicito al dirigirse a los 102 asistentes que se hicieron presente en la aula Magna de la Universidad Evangélica. Contó historias que palpitaron la emoción de los oyentes, al igual que los comentarios y preguntas de los otros exponentes como Mauricio Vallejo Márquez y Roberto Laínez, los cuales agregaron sus declaraciones, comentarios y posiciones al respecto.

Los ponentes se mostraron peritos en cuanto a la historia de El Salvador. Según las palabra de Laínez “todo testimonio es digno compartir” y es como en esa misma línea compartieron sus posiciones, a pesar de ello apoyan la veracidad que cuanta el libro los Guerreros de la Libertad.

Dentro de los temas analizados en el contexto de la publicación, se hizo mención de las posiciones políticas en el país, de la realidad que atraviesan los partidos políticos y del descenso del partido ex-derechista ARENA, entre otras cosas, el público se mostro interesados con los relatos de los antes mencionados, e hicieron una gama de preguntas a lo cual respondieron con excelente solvencia los miembros del conversatorio. Cabe destacar que Panamá menciona que el triunfo de Funes es inminente, algo que es apreciable para la mayoría puesto que fue casi una profesía.


La obra se puede adquirir en : Editorial Roxsil y Libreria la Casita o directamente con el autor.

lunes, 27 de abril de 2009

La muerte de las editoras tradicionales

Michael Levin*

Enero 29, 2009
Hace algunas semanas murió la industria editorial. La debacle económica fue el meteorito que golpeó al dinosaurio en la mismísima frente. La única sorpresa fue que las editoriales tradicionales duraran tanto.
Los despidos de los ejecutivos de la industria, los recortes masivos de personal en las más importantes casas editoras, así como la decisión de por lo menos una de las grandes editoriales de no aceptar nuevas propuestas de libros indican, de conjunto, el fin de la influencia de las grandes empresas del ramo. Por supuesto, seguirán operando para alimentar con libros de celebridades a un público obsesionado con ellas, y lo harán a través de puntos no tradicionales de venta de libros, como Wal-Mart y los supermercados locales. Pero el ramo que comenzó con editores que amaban los libros y publicaban lo que ellos querían está desapareciendo, víctima de su incapacidad para encontrar una razón de ser en el mundo de Internet y la impresión según demanda.
Los despidos son la consecuencia inmediata de una economía que se hunde, pero la muerte de la publicación tradicional es, en realidad, un suicidio. El ramo editorial devino demasiado grande y necio para poder sobrevivir, una víctima de su propia arrogancia y sus prácticas comerciales insensatas.

¿Quién escogió esto?
¿Existe acaso otra industria que escoge sus novísimas ofertas a partir del capricho colectivo de un grupo de personas (los responsables de las adquisiciones) que apenas poseen experiencia comercial? ¿Existe alguna otra industria que produzca miles de productos nuevos cada año y sólo brinde apoyo mercadotécnico a un puñado de ellos? Incluso los Tres Grandes del automotor realizan pruebas de mercado antes de que sus autos aparezcan en los salones de exhibición.
Dificultades para publicar
Hace 20 años, los editores hablaban de la regla del 80-20: el 80 por ciento de los dólares para publicidad se destinaban al 20 por ciento de los libros. Hoy, la regla más bien es del 90-10, o incluso del 99-1. Si el doctor Phil publica un libro nuevo en el mismo catálogo de autores noveles, obtendrá todos los dólares de mercadotecnia, mientras que un autor nuevo tendrá que conformarse con las migajas. Como resultado de ello, las ventas del autor novel serán tan escasas que los agentes y editores tomarán la (mala) decisión de que la obra de éste nunca podrá venderse, por lo que el autor jamás conseguirá un contrato.
Cuando entro en una biblioteca o una librería y estudio las nuevas ofertas de las grandes editoriales acabo siempre haciéndome las mismas tres preguntas: ¿Por qué decidieron publicar esta obra? ¿Quiénes, según aquéllas, desean en realidad adquirirla? ¿Qué otras obras rechazaron si fue ésta la que contrataron?
A fin de cuentas, ¿qué nos ofrecen las grandes editoriales? Sobre todo lo mismo, una y otra vez: tratados políticos que se inclinan a la izquierda o la derecha (pero que ofrecen más calor que luz). Libros de dietas y ejercicios que no son más que un refrito de lo dicho por otros libros de dietas y ejercicios: coma menos y muévase más. Libros que reciclan a otros autores dándoles un giro religioso o con un nuevo punto de vista en cuanto a cómo hacer más dinero. O libros que no se cansan de hablar pero no dicen nada nuevo.
En una ocasión el director ejecutivo de una gran cadena editorial admitió que sólo el 2 por ciento de los libros de sus tiendas se vendían; el resto era “papel de tapizar”. En realidad, debido a la mala calidad del material que publican y el escaso esfuerzo que hacen por vender libros, las grandes empresas no actúan como si se preocuparan de su negocio

El SDAL o Síndrome de distracción del agente literario
Están también los agentes literarios, una clase formada por la gente con menos mentalidad comercial y menos organizada de todo el mundo de los negocios. Si trabajaran en cualquier otro ramo serían despedidos debido a sus hábitos de dejar que los proyectos languidezcan, se deslicen entre grietas y queden a mitad del camino. Pero esto no ocurre en el mundo de las publicaciones, donde no existen los plazos de entrega. Nunca he logrado comprender cómo logra sobrevivir la mayoría de los agentes literarios. Son notoriamente irresponsables cuando se trata de estar al tanto de sus obligaciones, de mantener el contacto con sus clientes y manejar las propuestas editoriales que hacen. ¿A qué se dedican entonces los agentes editoriales, de quienes sus clientes suelen quejarse porque no responden sus llamadas telefónicas o sus e-mails?
Quizás si hiciesen un trabajo mejor de revisión y selección de proyectos y propusieran a las editoriales libros interesantes y vendibles, aquéllas tendrían más material para trabajar. O quizás ni siquiera así lo tendrían.
Yo llamo “Síndrome de distracción del agente literario” (SDAL) al modo de trabajar de la mayoría de los agentes literarios. No sé a ciencia cierta qué es lo que los distrae de hacer su trabajo básico, que no es otro que el de leer y criticar las propuestas y buscar contratos de edición. Cómo subsiste la mayoría de ellos sigue siendo un misterio para mí.
Y acabará siendo un misterio para ellos, toda vez que el futuro de la publicación por royalties resulta poco o nada ventajosa para la inmensa mayoría de los libros. Ahora se está avanzando hacia un modelo en el que los autores obtienen una parte al final en vez de un adelanto generoso al principio. Mi última averiguación mostró que el 15 por ciento de 0 equivale a 0. Por consiguiente, a no ser que los agentes se hagan mucho más eficientes, tendrán que buscar trabajo en otros campos, tal como hacen los editores que han perdido sus empleos.
Entonces, ¿cuál es el futuro? Siempre habrá millones disponibles para las Hillary Clinton y otros pesos pesados de la política que buscan contratar la publicación de sus libros. ¿Por qué? Porque si usted es Sumner Redstone y es el propietario de Viacom y desea hacerle una donación a una senadora famosa, usted podrá enmascararla como un adelanto que realiza su división editorial Simon & Schuster. Y siempre habrá espacio para lo que incluso la industria editorial acostumbraba a calificar de “libros que no son libros”, es decir, materiales sobre gatos, dietas nuevas y nuevos medios de llegar a Dios sin necesidad de rezar o de hacer algo por sus contemporáneos.

El futuro ya está aquí… Y tiene que ver con usted mismo
Entonces, ¿cuál es el futuro de la industria editorial? Después de decenas de años, los trogloditas que dirigen los imperios editoriales de Nueva York nunca reflexionaron sobre cómo sobrevivir en la era digital. La importancia que tienen hoy las grandes editoriales puede compararse con la de la industria tradicional de la música (casi muerta) la radio FM (casi muerta) o las tres grandes estaciones de televisión (siguen respirando, pero son cada vez menos relevantes en un mundo de hágalo usted mismo y 600 canales). Las grandes empresas de edición subsistirán como entes modestos y menoscabados, pero nunca gozarán de la importancia que tuvieron.
El futuro es el de las publicaciones que están en nuestras manos, que dependen de nosotros y de aquéllos con algún dinero para autopublicarse mediante una compañía de impresión según demanda y las que se ocupan de crear sitios web donde publicar e-libros. Dicho de otro modo, el futuro de la publicación tiene mucho que ver las con emisiones destinadas a grupos específicos, como ocurre con la música y el video.
En este caso usted mismo es el escritor y el editor (y también, el que se encarga de la venta, en algunos casos con la ayuda de una empresa de autopublicaciones). Usted escoge su público, se encarga de comunicarse directamente con él, sin necesidad, por fin, de arrastrarse a los pies de los agentes literarios y responsables de las adquisiciones, cuyos empleos, para decirlo con franqueza, están desapareciendo. Conozca al nuevo jefe: usted mismo.
¿Qué hace uno con tanto poder? Vender a montones. Utilizar la Internet 2.0, la red social de Internet para establecer contactos con el público específico al que va dirigido su libro. Se conecta con él a través de Facebook, You Tube, GoogleAds, o cualquier otro medio nuevo, atractivo, que aparezca mañana. Poner las ideas de uno en manos del público, de la misma manera cómo las bandas noveles ponen su música en los oídos de los escuchas del mundo entero, sin que medie la excesivamente comercializada y agotada industria editorial
De esta manera usted consigue decir lo que desea y a aquéllos a los que quiere llegar, y puede hacerlo ahora mismo, sin necesidad de esperar todo un período, ya tradicional, de dos años, cuando ya sus ideas languidecieron en medio de la brega por conseguir que un agente literario le preste alguna atención, por lograr firmar un contrato de publicación, a sabiendas de que su libro permanecerá en un limbo hasta que, ¡por fin!, llegue la fecha de publicarlo.
Con los métodos modernos y baratos, la fecha de publicación coincide con el momento en que uno termina el manuscrito, espera unos pocos días para que una empresa de publicaciones prepare el libro y lo imprima.
Es excitante, algo fantástico, y está al alcance de su mano. La edición tradicional murió, víctima de su propia arrogancia. ¡Escritores del mundo, álcense sobre los restos de los trogloditas! Un mundo nuevo espera, y todo depende de ustedes mismos.
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* Michael Living, del New York Times, es autor de más de 60 libros, algunos de los cuales se convirtieron en best-sellers.

lunes, 9 de febrero de 2009

Nace Minimun Vital



Por Mauricio Vallejo Márquez

Escritor Salvadoreño

Vivimos en un nuevo siglo, en el que debemos tomar lecciones del pasado para poder evolucionar. El desarrollo de los seres humanos se determina por la capacidad de aprehender de su entorno (ojo, no aprender, aunque también es necesario) para materializar cambios acorde a las necesidades actuales.


La política es parte fundamental de todos los seres humanos, aunque muchos tienen una visión limitada y es compresible pues la cultura de cada país determina que tan conocedor de la realidad, de teorías políticas o de sistemas de gobierno podemos ser. En principio la educación es nuestra brújula, sin embargo la voluntad es nuestro timón. Si falta alguno de estos elementos nuestra vida, que es el barco, no podrá evolucionar y se quedará estancado.


La polarización partidaria no es en verdad representativa, pues siempre habrán posiciones ignoradas o marginadas. No podemos ser extremistas, debemos observar todas las alternativas existentes para poder tener un criterio para decidir.


Un partido político sin un fundamento teórico y sin intelectuales está condenado al fracaso. La historia se ha encargado de demostrarlo. Con esto no quiero decir que los teóricos tengan siempre la razón, pero lo que sí han tenido es una visión que ha visto su génesis a partir de lo observado en su entorno. Un partido político no vive de historia o de colores, son sus bases las que los alimentan y si estas no están educadas en un sentido crítico y verdadero es imposible que puedan continuar o desarrollarse. El intelecto, la capacidad de análisis y la honestidad deben ir de la mano con el trabajo de bases.


Como una contribución para generar criterios más amplios de pensamiento, un verdadero análisis sobre nuestra realidad y, además, conocer aportes nace Minimun Vital, un espacio en el que el apasionamiento político se verá menguado por el razonamiento y el análisis, para buscar juntos soluciones a nuestras familias, colonias, ciudades, departamentos y para nuestro país. Los invito a leer nuestras páginas.

viernes, 2 de enero de 2009

LITERATURA SALVADOREÑA

Miguel Ángel Chinchilla
El Salvador

Recientemente he terminado de leer el libro LITERATURA SALVADOREÑA 1960 – 2000 HOMENAJE, un texto de 429 páginas, de los autores Jorge Vargas Méndez y J.A. Morasán (Jorge Alberto Morales Sánchez), editado en 2008 por Ediciones Venado del Bosque.
Más que un trabajo interesante como dice José Roberto Cea, me parece un trabajo importante, un buen referente sobre los autores y autoras de los últimos 40 años de literatura en El Salvador.
Se trata de un libro para profesores de lenguaje, estudiantes de letras, escritoras y escritores, interesados en el devenir de la historia literaria en nuestro país. El presente texto viene a sumarse a otros similares como el de Juan Felipe Toruño y Luis Gallegos Valdés, para mencionar dos de los más importantes.
Un excelente aporte que incluye a centenares de nombres, muchos de los cuales según el Pichón Cea (en algo que estoy totalmente de acuerdo), “no han tenido y otros no tendrán ninguna trascendencia en y por su labor creadora “. No obstante se siente la solidez de la investigación a través del método histórico que va ubicando las diferentes décadas y los grupos literarios en su contexto respectivo, el cual se explica al inicio de cada época. Aunque hay momentos sobre todo al final en que la compilación se torna más un tarjetero o directorio de nombres.
Comienza el libro abordando por encima la labor literaria del grupo Piedra y Siglo, por encima digo ya que por ejemplo en contraste con la generación anterior conocida como Comprometida, los escritores de este grupo dejan de expresarse en la variedad de géneros para refugiarse exclusivamente en el género poético, exceptuando el caso de Ricardo Castrorrivas quien también incursiona en la narrativa. Esa característica de los Piedra y Siglo en una coyuntura se puede decir de preguerra, sería importante reflexionarla para realizar una valoración más ponderada sobre el quehacer de estos escritores en aquellos años.
El homenaje que se alude en el título del libro se refiere a 14 autores y 3 autoras fallecidos, acerca de los cuales la carga subjetiva (casi melancólica) se inclina por los jóvenes poetas que en la guerra civil cayeron en combate y que formaban parte del grupo Xibalba, ya que no habiendo valoración literaria sobre su obra se carga más la balanza de la camaradería ideológica, lo cual por supuesto es totalmente legítimo en este tipo de publicación.
Una sugerencia para la segunda edición sería incluir un índice onomástico con la finalidad de facilitarle el trabajo al lector.
Enhorabuena entonces a Méndez y Morasán por este valioso aporte al estudio de la literatura salvadoreña, sólo quien no haya experimentado el maravilloso prurito de la investigación, desestimará el trabajo de hormiga que significa un trabajo como este. Mi mejor deseo es que la gente lo lea, lo disfrute y lo aproveche en toda su dimensión como otros y yo lo hemos hecho ¡Abur!